Txiberta

Se cumplieron cuarenta años este pasado mes de abril de las conversaciones de Txiberta.A instancias de Telesforo Monzón se reunieron todas las organizaciones políticas del aranismo de la época con el objetivo de acordar una posición conjunta en torno a los elementos políticamente determinantes para abordar una “negociación” con el Reino de España en términos de nación.

Para ello se puso encima de la mesa de debate la exposición de tres puntos considerados como mínimos para una andadura en común:

-La amnistía.

-La legalización de todos los partidos políticos, incluidos los independentistas.

-La presentación de una sola candidatura a las Cortes españolas con la finalidad de representar al conjunto de la nación vasca, primando los intereses colectivos nacionales sobre los partidistas.

Participaron de esas conversaciones las tres familias del aranismo de aquellos momentos:

-P.N.V.

-E.I.A, E.T.A (p.m).

-E.H.A.S, E.T.A (m).

 

Las conversaciones no fructificaron y esa pretendida unidad no vio la luz del día. Cada familia iniciaría de ahí en adelante una andadura por separado.

Llama la atención el nivel políticamente infra-estratégico de lo allí planteado desde un principio.

Apelar a la legalización implica de manera explícita el reconocimiento de las leyes y de quienes deben aceptar dicha petición: uno de los dos Estados ocupantes. España, en este caso, es considerada no solamente como un ente legal sino que además facultado para otorgar o suspender derechos. Con ello la ocupación, y por ende, las fuerzas de ocupación, quedan totalmente legitimadas. La aberración de tal propuesta es llevada hasta el limite con la coletilla de “incluidos los partidos independentistas”.

Presentar una candidatura unitaria, bajo la premisa de una nación vasca, para acceder a las Cortes del Estado ocupante es un sin-sentido político.

Se sustituye el término Estado por nación para efectuar un encaje de bolillos. Se condimenta todo ello con el san Benito de que somos una “nación sin Estado” y el plato está servido.

Recordarles a los que tomaron tales nefastas y transcendentales decisiones que tiraron por la borda todo lo adquirido apenas unos años antes, cuando en el país se erigió un gobierno de un Estado vasco en el año 1936.

Que días tan diferentes estaríamos viviendo hoy, en el año 2017, si en Txiberta se hubiera ratificado el compromiso de mantener aquel gobierno y que sólo entablaríamos un proceso de acuerdos de Estado a Estados.

Un pueblo en marcha bajo el amparo de su gobierno propio, de su Estado propio para reactivar sus instituciones secuestradas.

La mal llamada transición o ruptura “democrática” a la española no sólo no se hubiera podido dar sino que además el acceso de España al mercado común europeo de la época hubiera sido un imposible si los nabarros hubiésemos sabido leer correctamente, en términos políticos, la inmejorable situación en la que estábamos en aquellos momentos para dar el aldabonazo.

Ello hubiera supuesto un conflicto internacional entre Estados donde toda la comunidad internacional, y muy a su pesar, se hubiera tenido que posicionar para arreglar el entuerto, en su necesidad de homologar a España como régimen democrático, condición básica para poder formar esa unidad europea que tanto necesitaban, y a la vez, hubiéramos tenido en el punto de mira al otro Estado ocupante, Francia, que por los mismos motivos debe ser llamado a esa mesa donde se deben acordar los términos y los tempos para proceder a la devolución de los territorios que han usurpado a nuestro Estado.

La misma exigencia de amnistía para los vascos encarcelados, derivado del conflicto franco-español en tierras nabarras, hubiera tomado un cariz diferente al ser un Estado el que formula una petición a otro Estado. Hablaríamos en términos de repatriación o, si se quiere, de extradición (como su palabra lo indica: de Estado a Estado) de todos los súbditos nabarros al Estado vasco, sin condiciones ni contrapartidas, a la vez que se procede a la restitución de todos nuestros territorios y se reimplanta la legalidad propia. La correlación de fuerzas en aquellas circunstancias y en aquel momento nos era totalmente favorable para dar cumplimiento a los propósitos. Nos faltó, al igual que hoy, una clase política dirigente preparada que estuviese a la altura del momento.

Sorprende además que fuese un ministro (y no un consejerillo) del Interior, Telesforo Monzón, el convocante a dicha reunión y que a nadie se le hubiera ocurrido, ni al propio convocante visto el cargo que ostentó, lo aquí expuesto.

Aún estamos a tiempo para poner las bases de la reactivación, si no de aquel Estado vasco de 1936 que duró apenas unos meses, sí del Estado europeo de Nabarra, el Estado de los vascos, que se mantuvo activo durante 796 años.

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