Suavecito y, sobre todo, despacito

Harriola Elkano

La batalla del relato es sólo una de las fuentes de conflicto a la hora de dirimir quién tiene la razón en el seno del largo contencioso que enfrenta a Navarra con España y Francia. Porque si hay una pelea que nos mantendrá enfrentados por siempre, ésa es la relativa al manejo del tiempo (¡y de los tiempos).

Cuando se trata de establecer un diagnóstico para el conflicto, incluso quienes niegan su mera existencia se avienen a hablar del tiempo. Es el caso de los nacionalistas españoles, siempre reacios a mirar hacia atrás e ilusionados con “el futuro”. Si acaso, aluden al pasado para referirse a la larga trayectoria irracional de ETA. Pero ni se les pasa por la cabeza hablar, por ejemplo, de la Guerra Civil Española y sus desmanes… si no es para atacar al otro bando, por supuesto. Y es que, dependiendo de quién ataque (nacionalista español de derechas o de izquierdas), se le responderá desde uno u otro bando en liza -ambos nacionalistas españoles, insisto-.

Ésa parece ser la única Memoria Histórica posible. Antes de 1931, año de fundación de la Segunda República Española, la historia parece sumirse en el más absoluto silencio… salvo para los nacionalistas vascos, claro. Siempre deseosos de buscar raíces en el siglo XIX, al hilo de las Guerras Carlistas, donde parece vislumbrarse el germen de la doctrina de Sabino Arana que, a la postre, fundaría el Partido Nacionalista Vasco, tronco principal del que se derivan, cual ramas, el resto de partidos que se sientan en las instituciones de la Navarra Occidental y de Alta Navarra.

Gustan los nacionalistas vascos -sean de derecha, centro derecha, izquierda moderada o izquierda extrema- de colocar un mojón a la altura de la primera mitad del siglo XIX. Alguno, incluso, se aventura a remontarse a la Revolución Francesa como germen de las posteriores contiendas forales acontecidas tan sólo unas décadas más tarde. Ahora bien, no parecen muy propensos a retrotraerse a un pasado más lejano en el que Navarra aparece como Reino soberano -hasta 1620 al norte de los Pirineos y hasta 1520 y pico al sur de la misma cordillera-. Más bien se reafirman en su concepción del tiempo atacando a quienes osan hablar de la Navarra Histórica. Y qué mejor que colgarles el sambenito de historicistas. Aluden con frecuencia a que no resulta necesario hablar del pasado para legitimar una postura política concreta: la recuperación de la libertad política de Navarra en un escenario de naciones-estado europeas. Mientras tanto, se deleitan con viejas historias de txapelgorris y con añejas hazañas del Eusko Gudarostea.

Pero no queda ahí la curiosa manera de comprender el tiempo de la que hacen gala los enemigos de la Navarra Histórica. Cualquier condena a prisión parece poco para el españolismo. Recién salido de la cárcel tras más de seis años de pena, Díez Usabiaga recibe el desprecio de la España “biempensante” y muchos se preguntan por qué ha pasado tan poco tiempo a la sombra. Por no hablar de las largas condenas -alguna de ellas inspiradas por la doctrina Parot- que a los nacionalistas siempre les parece un suspiro… salvo cuando quienes pasan un tiempo a la sombra lo hacen de refilón y salen de prisión antes de tiempo. Se conforman entonces con decir “respetemos la labor de los jueces”. Como con Galindo. O como cuando a unos jóvenes se les aplica la Ley Antiterrorista, una legislación inspirada en otros… tiempos en los que ETA existía. Una normativa antiterrorista… sin terrorismo. Como a los tres de Altsasu.

Pero la guinda del pastel la puso hace unos días Andoni Ortuzar, máximo exponente del Partido Nacionalista Vasco, quien parafraseó a la que es considerada canción del verano: “Despacito”. La concepción que del tiempo ha tenido desde hace décadas la formación política decana de Navarra no deja de sorprender. Su filosofía política está llena de alusiones al “futuro”, a “manejar los tiempos”, a ir “poco a poco”. Como si la recuperación de la independencia no fuera una tarea urgente habida cuenta de lo mucho que Navarra pierde mientras permanece bajo la bota de España… y de Francia. Hora a hora, día a día, semana a semana, mes a mes, año a año, siglo a siglo.

Una vela a Dios, y otra al diablo, mientras detienen el tiempo, como “Los relojes blandos”, de Salvador Dalí. ¡Y le sale rentable en términos políticos, oiga!

 

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