Que comience la transición democrática

Alots Gezuraga

(En España) Los tímidos conatos democratizadores de 1868 (Primera República), 1931 (Segunda República) y 1977 (monarquía parlamentaria) han supuesto tantos fracasos debido a la debilidad social y organizativa de las fuerzas democráticas por una lado y a la resistencia del Estado (gobierno) a perder el control y la dirección monopolística de los recursos generados por la sociedad, por otro” (Joseba Ariznabarreta, “Pueblo y Poder”).

El tránsito del Antiguo Régimen absolutista resumible en el lema “El Estado soy yo” del rey Luis XIV de Francia al Nuevo Régimen, se hizo en España entre los siglos XIX-XX. En esos siglos una plutocracia y los militares desplazaron del poder a la obsoleta aristocracia y a la corona, pero de paso se deshicieron también de cualquier atisbo democrático tras una brutal limpieza ideológica y física. Hablamos, claro está, de las diferentes Guerras Carlistas, golpes de Estado y varias dictaduras donde el nuevo poder buscaba y consiguió finalmente la centralización total de lo que quedaba de todos los reinos o Estados de la corona de las Españas para su mayor control, destruyendo para ello sus estructuras administrativas, ejecutivas y judiciales anteriores (sistemas forales totalmente autónomos), con la sola intención de explotar mejor el territorio y los recursos en su beneficio personal, sobre todos tras haber perdido todas las colonias de ultramar.

Fueron los militares “liberales” al perder casi todas las colonias donde su presencia era decisiva, quienes hicieron esa transición del absolutismo a un modelo parlamentario pero reduciendo el poder y el voto a unos pocos hombres ricos o élite política (voto censario de entre el 1-3% de los hombres), los cuales además se alternaban en el gobierno tras unas votaciones fraudulentas (Cánovas-Sagasta), aderezado con una monarquía títere como guinda decorativa para el populacho; se llamó irónicamente “Restauración”. El gran teórico de la democracia y la división de los poderes, el gascón Montesquieu (siglo XVIII), los bautizó como “dictaduras asamblearias”.

El modelo aplicó el rodillo centralista y uniformizador incluso con más fuerza que la monarquía absolutista, buscando que España no fuera más que un Madrid centrifugado (definición de Ortega y Gasset), imitando el proceso emprendido en Francia tras su Revolución burguesa, modelo totalitario que facilitaría al Gobierno la explotación exclusiva del Estado al hacer creer al Pueblo que “el Estado es la nación”, lo que dista mucho de la realidad. Se trataba de crear un Estado-nación de una España que es un Estado-imperio montado desde tiempos de los Reyes Católicos en sucesivas conquistas para que sus gobernantes exploten sus recursos materiales y humanos a su antojo y en su exclusivo beneficio.

Lo explica así el filósofo y político vasco Joseba Ariznabarreta en el libro “Pueblo y Poder”: “El Estado español ha ido eliminando paulatinamente a lo largo de la historia las resistencias de toda índole con las que se ha ido topando y que han hecho frente a sus pretensiones de detentar el poder en exclusiva. (…) había que agrandar el núcleo inicial sometiendo al resto de los Pueblos peninsulares sobre los que la monarquía había conseguido imponer su cetro y su legión de alcabaleros para crear desde arriba la nación que sirviera de relleno, justificación y soporte de los intereses exclusivos del Estado”.

Son los siglos donde se configurará la nación española mediante la represión institucionalizada (administración, Iglesia Católica, escuelas, servicio militar masculino y universal etc.), frente a los súbditos castellanos, aragoneses, asturianos, leoneses, granadinos etc. de la corona de Las Españas. La nación española es mencionada por primera vez en la Constitución de Cádiz de 1812, la segunda que tuvo España después de la de Baiona de 1808 (ésta contó con un mayor apoyo como la propia corona y los políticos más relevantes), situación y cambio de modelo provocado tras la deserción de los reyes españoles (los Bourbones de origen francés) y la invasión francesa, la cual creó la nueva conciencia nacional española, pero que por otro lado precipitó la pérdida de todas las colonias americanas en ese siglo, todas ellas independizadas de manera unilateral hasta conformar 21 Estados actualmente (el 11% del total).

El formato de bipartidismo autárquico o dictadura asamblearia era bastante ridículo pues el desapego a este espectáculo era total fuera de Madrid, por lo que no cuajó y se amplió a una partidocracia de los ricos hombres a finales del siglo XIX que pudiera llegar a todo lo que quedaba del imperio castellano-aragonés de los Reyes Católicos. Los militares temían quedarse al margen del reparto por lo que el General Primo de Rivera –perdedor de las guerras de independencia de Cuba y Filipinas en 1898- dio un golpe de Estado para imponer una dictadura con el apoyo del rey títere de turno (1923-1930), pese a todo otro Bourbon.

Tras la “dictablanda” de Berenguer, la restauración de la partidocracia se volvió peligrosa para el poder central al ampliar la base de votantes durante la Segunda República (1931-36) y prescindir de la figura decorativa pero antidemocrática del rey; el cambio no vino por una convicción democrática ni por la presión ciudadana, ni mucho menos, sino más bien por el retraso económico y social en el que estaba una España caciquil y que la había dejado al borde del colapso económico y social.

Durante este breve período, se dio por primera vez en España el sufragio universal ya que votaron también las mujeres, cuando en el Estado de Nabarra el voto universal incluido el femenino se daban ya desde la Edad Media en las Juntas municipales (base del modelo del Estado nabarro), donde además la representación municipal era por turnos, por tanto más democrático que una partidocracia, incluso si ésta fuese de listas abiertas. Después de la invasión total del reino, la violenta supresión de los Fueros, fue para todos los territorios del Estado baskón de Nabarra el mayor retroceso democrático de su historia, regresión de la cual aún hoy no han recuperado.

Pero la tensión social fue creciendo durante la Segunda República española, al creer la derecha y los militares que el Pueblo español podía lograr la democracia y los Pueblos oprimidos más autonomía hasta convertirse España en una República confederada (los rojos y los separatistas), sobre todo cuando Catalunya logró un Estatuto de Autonomía, aunque en éste tuviesen los catalanes menos atribuciones que en el modelo foral del llamado “Antiguo Régimen”.

Los militares encabezados finalmente por el General Francisco Franco (héroe de la derrota de las colonias marroquíes), volvieron a tomar directamente el control mediante un nuevo golpe de Estado, al que siguió una guerra por la resistencia de la población a otra involución social. A la guerra y brutal represión posterior, le siguió una dictadura que no tuvo empacho en prohibir incluso hablar sus lenguas vernáculas que no fueran el castellano entre otras medidas genocidas que sólo buscaban la eliminación total de los Pueblos que no fueran el castellano sobre el que se sigue construyendo la nación española aún hoy.

Así se produjeron fusilamientos indiscriminados, persecución política, adoctrinamiento a escolares y castigos por no saber o hablar castellano (“habla cristiano”), inmigraciones masivas del campo castellano-andaluz-extremeño a Madrid, Catalunya y “Vascongadas” con fines políticos etc. España es hoy, después de Camboya, el Estado del mundo con mayor número de desaparecidos políticos enterrados en cunetas o desenterrados y llevados contra la voluntad de sus familiares al mausoleo que el dictador mandó construir en régimen de esclavitud en el Valle de los Caídos para él y el anterior dictador Primo de Rivera.

El modelo fascista en su versión española ha sido llamado “franquismo” en honor a su “caudillo”, cuya mayor aportación a este modelo totalitario fue sin duda la continuidad de la Iglesia Católica como herramienta para sus fines que no tenían el nazismo alemán o el fascismo italiano; durante sus primeros años, la propia dictadura se llamó así mismas fascista para, tras la derrota de sus aliados nazis, no insistir en el término pasando a ser el “Faro de Occidente” contra el comunismo, por lo que recibió el apoyo de Estados Unidos con el “Plan Marshall” que incluían una ingente cantidad de dinero para una España que entonces era ya tercermundista.

Tras la muerte del General Franco en su cama, el modelo de Estado fascista no era permitido por el resto de Estados occidentales, por lo que, gracias a esta presión externa, se volvió a la partidocracia como modelo de Estado totalitario o “dictadura parlamentaria” como habría señalado Montesquieu, ya que los franquistas decidieron organizar oficialmente lo que quedaba de su exiguo Imperio como una “monarquía parlamentaria”, con Juan Carlos de Bourbon como Jefe de Estado vitalicio, elegido entre todos los candidatos posibles por Francisco Franco como su delfín al no tener él mismo descendencia masculina a la que dejar su legado.

Durante la llamada “Transición española” encabezada por el franquista Adolfo Suárez y su partido UCD, se produjeron “Los Pactos de la Moncloa” en octubre del 77, de la que nació la Constitución de 1978 en la que no participamos los nabarros ni el nacionalismo vasco (de lo que nos alegramos). La redacción de la Constitución fue estrechamente vigilada, condicionada y corregida por el franquismo que se guardó muy bien de imponer sus condiciones para ceder parte del poder a cambio de una amnistía total a sus continuados delitos, incluso a los de lesa humanidad (que en el derecho internacional no caducan). La soberanía descansaba, dijeron los militares, en el “Pueblo español”, pero ellos y la Guardia Civil vigilan que no se equivoque en sus decisiones, por lo que seguían siendo los verdaderos soberanos a través del Jefe de los Ejércitos, el mencionado Bourbon, el cual además sería intocable al igual que el dictador anterior y todos los franquistas, lo que les ha permitido acrecentar casi sin límites su patrimonio personal.

Es así como se contempló un tímido retorno a una cierta descentralización administrativa, con pinceladas a la aceptación de la existencia de las “nacionalidades” subyugadas (definidas así en la Constitución de 1978), nacionalidades cuya existencia, poder ejecutivo, judicial y legislativo (los Fueros), sí eran aceptados en el modelo absolutista y que han resistido por todos los medios para no ser absorbidas en el proyecto fallido de pasar de la España imperial del absolutismo a la España Estado-Nación del Régimen Totalitario actual.

En la publicación Lan Deia del sindicato ELA de aquella época, se describía esta realidad bajo el título hoy tan actual de “Referéndum y democracia” (diciembre 76): “Continúa en vigor, en particular, la ordenación político-administrativa impuesta al Pueblo vasco por el general Franco. Es este régimen político el que convoca a referéndum (de la Constitución), el que determina los términos y condiciones de éste, el que seguirá en su puesto, de todas maneras, después de la consulta”. Faltaron redaños y sobraron discursos jesuíticos.

El modelo es igual al anterior a la dictadura, por lo que tiene el mismo riesgo en el intento de mantener un poder central en manos de una plutocracia, al estar abierto a otras tendencias más democráticas, sobre todo de los nacionalismos que no han podido ser integrados en el español. Mientras, los mandos militares tienen cada vez menos presencia en el día a día de la política española debido a las circunstancias internacionales como la existencia de la OTAN o la integración de España en la UE que no por convicción castrense.

Por tanto quedaron fuera de todo poder los Pueblos sometidos, como el nabarro o vasco y el catalán, cuyos Estatutos de Autonomía son controlados o modificables arbitrariamente desde Madrid, reconducida toda la fuerza que ejercieron durante el franquismo y la transición a través de la figura fantasmagórica de “partidos nacionalistas” que aceptaron sin embargo el canibalista nacionalismo español a cambio de unos puestos de trabajo, una pequeña autonomía administrativa-legislativa y nula en lo judicial (que sí tenían en el modelo Foral), con gran capacidad recaudatoria en la CAV y CFN (sobre el 60% del volumen total de impuestos), pero nula soberanía (como tendría un verdadero modelo Confederal).

El Gobierno central se reservó el poder real o soberanía mediante el control absoluto del poder ejecutivo, legislativo e incluso el judicial al elegir a dedo a los árbitros o jueces. Se convirtió así en el modelo envidiado, siempre imitado pero nunca igualado, de todas las dictaduras del mundo que pretendían dar el mismo paso guardándose todo lo que habían robado y sobre todo el verdadero poder o soberanía; es en parangón, inspiración y referencia de la nueva Europa.

Joseba Ariznabarreta: “Existe una jerarquía de lo peor y la cima alcanzada, hasta el momento, en esa dirección se conoce con el nombre de totalitarismo moderno, configuración estatal desconocida en la antigüedad clásica y en la Edad Media y que se diferencia también del despotismo de los grandes imperios de los inicios de la historia”. El totalitarismo y la democracia actuales tienen una forma similar pero un fondo totalmente opuesto como explica Ariznabarreta: “Democracia (la fuerza al servicio del Derecho) o Totalitarismo (el derecho como máscara de la fuerza)”.

El régimen totalitario del general Franco quedó rehabilitado, legitimado, confirmado, reconocido y consolidado; logró su triunfo definitivo y realizó su transición sin tocar su estructura de clase, la burocracia, los servicios administrativos económicos milagrosamente convertidos en “democráticos” de la noche a la mañana, el idioma único y pensamiento único.

España es el único caso europeo donde los que gobernaron durante el fascismo se presentaron a las elecciones y de hecho siguen ellos o sus sucesores aún hoy gobernando. Por tanto, el modelo actual está pensado para que el gobierno central controle la vida de los ciudadanos de manera que sea él el único beneficiado al controlar los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial). La extrema corrupción que impera en España es sólo el síntoma inequívoco del totalitarismo que comentamos. Este modelo evidentemente está muy lejos de ser democrático más que en su fachada, quedando este mes de agosto con el “Process” catalán en evidencia para los más optimistas.

El padre de la democracia moderna, el ginebrino Rousseau, decía que se puede pasar de la democracia al totalitarismo pero que no existe en la historia el caso contrario. Luego España es imposible que sea jamás democrática salvo que se produzca una verdadera revolución social. Ésta se podría haber producido en los años 70, por los movimientos independentistas, ya que tenían más fuerza que nunca gracias a la represión que sobre los últimos Pueblos que hemos resistido sin someternos hasta nuestra desaparición a la nación española. Catalunya y los resistentes del Estado de Nabarra estaban en plena ebullición, se sentían fuertes a la muerte del dictador; todo hace pensar que sí hubo una posibilidad real para lograr la libertad, si al caer el régimen franquista se hubiera implantado directamente el Gobierno Vasco o el catalán y no se hubiera apostado por la integración de los mismos en un Gobierno Republicano Español en el Pacto de Múnich del año 62.

Por ello, el referéndum catalán no ha sido más que el intento de romper el totalitarismo español. Su sola ejecución ya es un logro para todo demócrata y para todo Pueblo oprimido pues deja al descubierto la dictadura parlamentaria en la que vivimos, impuesta de arriba a abajo (desde la plutarquía y los militares hacia abajo), del centro a la periferia (desde el castellano al catalán, nabarro o gallego) y con sus colaboradores necesarios, los bautizados como “partidos nacionalistas”.

Nuestro caso es diferente. Nabarra era un Estado libre que durante siglos mantuvo su soberanía contra el imperialismo franco-español. Nosotros no tenemos nada que votar pues nuestro Estado no se unió al castellano sino que fue conquistado a sangre y fuego. Nuestro caso, es un claro ejemplo de imperialismo colonial donde la propia ONU debería de hacer respetar las fronteras de nuestro Estado; para que llegue ese momento, el Pueblo nabarro en su conjunto es el único que puede hacer valer su fuerza empezando hoy a alzar su voz contra el imperialismo, para proclamar unilateralmente después de nuevo nuestra independencia como unilateralmente nos fue arrebatada.

Sin nabarros ni catalanes, el propio Pueblo español quizás sea capaz de hacer su verdadera transición a la democracia y dejar atrás modelos totalitarios propios de siglos pasados, superando así los diferentes modelos de Estados montados para aumentar el patrimonio de los que gobiernan expoliando a los españoles y a los demás Pueblos subyugados. Entonces sí, entonces los españoles podrán gobernarse a sí mismos en democracia. Pero ésa no es nuestra lucha sino exclusivamente la suya, tampoco lo tienen más fácil que nosotros.

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