No se declaró la independencia…

El 07 de octubre de 1936 se nombró un gobierno vasco que dejó de ser un gobierno de una autonomía para pasar a ser un gobierno de un Estado. A su cabeza estaba Jose Antonio Agirre.

Ante la sublevación militar fascista que se produjo en julio de ese mismo año en España, fecha en la que entonces regía un estatuto de autonomía en las mal llamadas provincias vascas, los sometidos autonomistas decidieron elevarse a autoridad vasca y conformar un gobierno, independiente de ataduras con el Estado vecino e invasor.

De aquel estatuto de autonomía del año 1934, nos contaría más tarde Telesforo Monzón, que pasó de ser consejero de interior a ministro del interior de aquel gobierno, que él no se leyó ni tan siquiera el preámbulo. Lo que organizaron, según sus palabras, fue: “un gobierno de un Estado, del Estado vasco. Aquello tenía hueso, tenía carne.”

Efectivamente, ese gobierno que no pudo durar más que algunos meses debido a la ofensiva fascista-imperialista que acabó con él, emitió moneda propia, otorgó pasaportes propios, tuvo universidad propia, se dotó de un ejercito propio, controló un territorio propio que por mor de las circunstancias no podía abarcar la territorialidad total de el Estado vasco de Nabarra, tenía relaciones internacionales. Se convirtió en un gobierno de un Estado. Un gobierno que gobernaba. Sin autoridad superior a él al haber conformado la máxima institución que pueda garantizar su ejercicio desde la soberanía plena, el Estado.

No hubo, sin embargo, una declaración de independencia. No se proclamó la estatalidad vasca. Una proclamación desde un sitio adecuado y una comunicación oficial para toda la comunidad internacional es lo que le faltó a semejante salto cualitativo, que sí se dio.

El derecho formal surge como consecuencia de una situación real. La independencia estaba implantada en la calle. Haberla formalizado era un paso necesario para implicar a la comunidad internacional. La solicitud de inmediata entrada en el concierto de los Estados soberanos, en la ONU, como nuevo Estado miembro, hubiera obligado al resto de Estados a tener que posicionarse. Visto que los requisitos se cumplían: pueblo, territorio y gobierno. La aceptación de un sólo miembro te convierte en Estado en cuanto a formalismos.

No hubiésemos hablado en ese caso, de la guerra civil española en lo que a nosotros se refiere, si no de la invasión de un Estado por parte de otro Estado.

Este “matiz” hubiera acarreado consecuencias inmediatas, no sólo para el momento aquel en el que los vascos estábamos en una situación inédita y a la vez difícil, por el empuje e inminente invasión de nuestro Estado, si no también por las que al día de hoy se hubiesen dado fruto de esa declaración: ante la pertenencia a España y a Francia de todos los partidos políticos y sindicatos, sin excepción alguna, que operan hoy en día en nuestro país, este pueblo hubiese tenido la posibilidad de exigirles el cumplimiento de lo allí acordado y proclamado, sacando a relucir la declaración de independencia y proclamación de la estatalidad vasca para apremiarles, a todos esos partidos y sindicatos, a que abandonen su españolidad y su francesidad y se reintegren al Estado que se supone es el suyo.

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