Los acuerdos de Evian

Nahikari Sorozabal.

ORREAGA (nabar estatu pentsamendua)ko kidea.

Cíclicamente soplan aires nuevos que permiten regenerar y oxigenar el ambiente frente a la opresión a la cual son sometidos pueblos y culturas en todo el hemisferio. Esos soplos de aire fresco vienen de la mano de procesos de emancipación nacional que culminan, a veces, con una situación de retorno a la esencia y normalidad para las naciones que consiguen sacudirse de encima el yugo del imperialismo ocupante recuperando su libertad, su dignidad y su ser.

Uno de esos episodios la vivió con intensidad toda una generación de nabarros, hace ahora algo más de cincuenta años, viendo como el pueblo argelino conseguía zafarse de las garras del imperialismo francés expulsándolo de sus tierras y recobrando su libertad y soberanía.

De aquellos hechos, queremos reflexionar sobre lo que supuso la utilización de ciertas herramientas que nos pueden marcar el camino a seguir sin necesariamente entrar a valorar en sí mismo los medios que se utilizaron y cuyas consecuencias fueron realmente estremecedoras en cuanto al sacrificio que debió pagar el pueblo argelino para reconquistar la libertad perdida.

Vayamos a los hechos. Los acuerdos de Evian fueron los resultados de negociaciones entre los representantes del gobierno de la República francesa y los del gobierno Provisional de la República argelina para poner fin a la ocupación francesa. Esos acuerdos fueron primeramente negociados en la localidad francesa de Rousses, cerca de la frontera suiza y finalmente ratificados y firmados el 18 de marzo de 1962 en el hotel del Parque de la ciudad de Evian (alta Saboya, Francia).

Los resultados de los mencionados acuerdos implicaban el cese el fuego bilateral y la retirada de las fuerzas de ocupación francesas del territorio argelino con fecha de comienzo a 19 de marzo. Acordaban también, por la parte francesa, la celebración de un referéndum únicamente en suelo francés para el 08 de abril de 1962 donde los franceses eran llamados a conceder plenos poderes a su gobierno para gestionar la retirada de sus tropas del territorio argelino. El resultado de dicho referéndum fue afirmativo con un 91% de los votos a favor de dicha delegación.

En cuanto a la parte argelina, el compromiso acordado fue la celebración de un referéndum con fecha de 1 de julio de 1962, solamente en territorio argelino y donde únicamente participarían los reconocidos ciudadanos argelinos para determinar su destino político dentro de una situación de independencia ya consumada. Ésta, la independencia, sería decretada cuatro días más tarde.

Los acuerdos de Evian pusieron fin a siete años y cinco meses de guerra en los cuales Francia desplegó 400.000 militares y donde fueron asesinados un millón y medio de argelinos. Del lado francés fueron abatidos 28.500 militares, otros 90.000 harkis (fuerzas cipayas) y 6.000 colonos, además de 65.000 que resultaron heridos en esta contienda bélica.

Antes del inicio de la guerra de independencia, el 1 de noviembre de 1954, las reivindicaciones argelinas exigían del gobierno francés la apertura de negociaciones sin condiciones previas en vistas a la independencia de Argelia. La respuesta francesa no llegó en tardar por boca de su ministro del interior de la época, un tal François Mitterand (ese mismo que sería presidente de la República francesa en el año 1981 y líder del Partido Socialista Francés) que proclamó lo siguiente: “¡La única negociación, es la guerra!”.

La vileza y crueldad de esa respuesta, intrínseca a lo que significa el imperialismo basado en el delito, el cinismo y el totalitarismo, costaría la vida a 1.704.500 seres humanos.

A pesar de la resolución de Evian, la violencia política prosiguió aún unos cuantos meses más hasta la implementación de la independencia y en ese tránsito, fueron abatidas 80.000 personas más entre harkis, colonos y miembros de la O.A.S, provocando la desbandada total y descontrolada de los pieds noirs (colonos franceses) que abandonaron en masa el territorio argelino ante la inacción calculada del Estado francés. Este último, una vez derrotado, dejaría a su suerte tanto a los harkis como a los colonos, preparando ya acuerdos comerciales bilaterales con el emergente Estado argelino. Roma no paga a traidores y los harkis fueron dejados de la “mano de dios” y en cuanto a los colonos que consiguieron salir del atolladero, éstos fueron recibidos en su “Patria” con desprecio y desdén.

La O.A.S, que aquí hemos nombrado, eran las siglas de la Organización Armada Secreta. Unos escuadrones de la muerte compuestos por militares, policías y colonos que se dedicaban a atentar, asesinar, secuestrar, torturar y hacer desaparecer a todo miembro de la resistencia argelina a su alcance. Sintiéndose traicionados por su Estado, atentaron y estuvieron a punto de asesinar al Presidente de la República francesa en Paris, el entonces General De Gaulle. Corría el día 22 de agosto de 1962, en un cruce de la calle Le Petit-Clamard por donde pasaba el coche presidencial, cuando un comando de la O.A.S situado en varios puntos de esa intersección, disparó varias ráfagas de metralleta totalizando una cantidad de 187 balazos de los cuales 14 impactaron directamente en el coche del Presidente.

Las enseñanzas que podemos extraer de esos acontecimientos históricos que nos atañen por encontrarnos en el mismo supuesto que el pueblo argelino, previo a la independencia, merecen ser analizadas y debatidas.

La primera de ellas es la toma de consciencia por parte del pueblo ocupado de su condición.

En nuestro caso, el trabajo de adulteración, encubrimiento, falseamiento, banalización y normalización resultante de una situación de represión y sometimiento ha sido el gran logro del imperialismo y sus agentes autóctonos colaboracionistas que han ido mermando cualquier tipo de respuesta y de resistencia por parte del pueblo agredido y dominado. Al ir desapareciendo cualquier tipo de oposición a este estado de cosas, la población sometida deja de percibir en el ambiente su situación de pueblo ocupado. El imperialismo ha conseguido instalar en nuestro alrededor un escenario que tiene como fin atraernos y conducirnos al punto que ellos han marcado y diseñado para lograr debilitarnos, integrarnos, asimilarnos y conseguir así diluir todo sustrato de pueblo, que difuminado en ese magma, perderá su condición de sujeto político, equivalente a su desaparición.

Es por lo tanto la resistencia a no desaparecer como pueblo la primera de las condiciones que se tiene que dar para reagruparnos y emprender las acciones que consideremos imprescindibles para asegurarnos un presente y futuro como tal pueblo. Esa resistencia, necesariamente, hay que activarla por medio de todos los canales que tenemos a nuestra disposición y cuyo abanico es extremadamente denso y extenso.

Adentrados en esa etapa, los procesos de liberación nacional que han culminado con éxito nos indican que únicamente desde la unilateralidad puede existir una estrategia política de liberación estatal digna de ese nombre. No existe ni existirá, por ser un absurdo, la bilateralidad entre el depredador y su victima.

Para activar la unilateralidad, el pueblo dispuesto a ello deberá asegurar como mínimo que la relación de fuerzas en presencia sea equiparable al del sujeto al que se va a enfrentar. En algunos campos puede que esa fuerza, siempre de índole política, sea de rango inferior a la de su oponente y es ahí donde el pueblo ocupado debe primero detectar los puntos débiles del enemigo para luego activar recursos y desplegar su potencial en dirección a objetivos alcanzables donde se sabe superior y de esa manera ir compensando y estabilizando esa relación de fuerzas y atesorar el suficiente poder político para encarar la situación de confrontación en las mejores condiciones posibles.

El caso de Argelia, aquí relatado, nos demuestra que la independencia no se consigue dentro de las estructuras del imperialismo sino por medio de estructuras propias que prescindan de toda conexión con la maquinaria imperialista, logrando atraer la referencialidad política hacia presupuestos propios, es decir, estratégicamente orientada para dar soporte y realidad a su puesta en marcha.

Los argelinos disponían de su gobierno provisional para vehicular la lucha por la independencia.

Un gobierno provisional propio no puede surgir de la nada. Se debe dar la circunstancia de que el pueblo ocupado vea esa necesidad y lo impulse. El hecho de que surgiese un gobierno provisional fuera de un contexto de necesidad real en el seno de la población sería un movimiento infra-estratégico y políticamente inservible. Ahora bien, si la demanda, por necesidad, de ese gobierno surge del mismo pueblo ello indica que ese pueblo está enfilando por el camino de la estatalidad propia al impulsar una institución que sólo tiene cabida en un contexto de Estado propio.

El gobierno provisional propio se convierte en un medio para la consecución de un fin. Un fin que sería irrecuperable para el propio imperialismo, como lo hemos podido comprobar en el caso de Argelia.

Con ello no estamos diciendo que el surgimiento de un gobierno provisional por sí sólo pondría fin a todos nuestros problemas, ni mucho menos, sino que el hecho de que surgiese indicaría que ese pueblo activase la resistencia y acatase, obedeciese y pusiese en práctica las orientaciones provenientes de una autoridad nacional que considerase suya, desobedeciendo y haciendo frente al imperialismo.

Sólo un gobierno propio de rango y poder al menos equivalente al gobierno que tiene enfrente garantiza que la lucha que llevé a cabo su pueblo no pueda ser fácilmente neutralizada y recuperada por el enemigo de éste.

La experiencia argelina también nos hace ver la manera que tenían de entender los parámetros del conflicto en su justa medida. Nunca los argelinos consideraron que se daba una situación democrática con algún que otro déficit ni aceptaron que existiesen distintas sensibilidades políticas, todas ellas respetables y con cabida todas ellas en el seno de la sociedad argelina. No. Lo que ellos tenían bien claro y definido era que ellos eran los aborígenes de esas tierras y a ellos les tocaba administrarlas y gobernarlas sin injerencias externas. Que los imperialistas no tenían ningún derecho a apropiarse de sus tierras y por lo tanto su presencia y desarrollo no eran opciones legítimas ni respetables sino un sujeto al que había que combatir. Al existir el mencionado sujeto obligatoriamente tendría que haber otro sujeto que lo combatiese, y ahí tampoco caían en la confusión de no saber definir quien era argelino y quien no, quienes eran los ocupantes y sus colaboradores y quienes eran los ocupados. Quienes debían quedarse y quienes macharse. Quien era el opresor y quien el oprimido. Tenían bien definido el sujeto poblacional, el sujeto nacional, el sujeto político.

Junto a esa evidencia, supieron activar sus propias normas de desarrollo en una situación límite y extrema para dar cumplimiento a los propósitos políticos que les permitiesen imponer su condición de pueblo libre y soberano como objetivo vital frente al imperialismo. Se auto-determinaron por medio de la obtención de recursos propios y la aplicación de leyes propias bajo el resguardo de un poder ejecutivo propio con el fin último de hacerse con el control efectivo de todo el territorio que por hecho y derecho les pertenecía, como así acabó siendo.

Resistencia, unilateralidad, sujeto político, poder de un pueblo, gobierno propio con leyes propias de real aplicación y control del territorio son los nuevos conceptos que deben irrumpir el escenario político de nuestro país para que su puesta en práctica sea valorada y se pueda convertir en una realidad no tan lejana.

 

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