La Violencia tranquila

Harriola Elkano.

Desde hace unos años, vivimos el principio del fin de ETA. Asistimos a una especie de interminable agonía que, sin ningún ánimo de broma, concluirá cuando al último preso de la organización armada le llegue la hora final. Mientras exista un recordatorio del fenómeno de violencia armada que Navarra vivió durante varias décadas, los enemigos de la Patria insistirán, cual impenitente sonsonete, en hacernos partícipes de su exigencia de perdón y arrepentimiento por la barbarie perpetrada durante años por los asesinos de ETA.

En ningún momento escucharemos de boca de las asociaciones de víctimas del terrorismo ningún tipo de vinculación entre la actividad de la organización armada y el conflicto secular que enfrenta a Navarra con España y Francia. En semejante ocultamiento reside su fortaleza no sólo ya ante las sociedades española y francesa, sino también a los ojos de Europa y medio mundo.

La batalla por el relato vive momentos álgidos y nadie va a dar su brazo a torcer, pues es mucho lo que está en juego. Que la existencia y la actividad de ETA sea considerada o no como una expresión –entre otras- de la violencia incoada contra Navarra desde el siglo XI de nuestra era resulta vital. Porque los defensores del sometimiento de la patria navarra persiguen, ante todo, la invisibilización de su violencia contra nuestro pueblo. Se trata de una violencia silenciosa que, sólo de vez en cuando, se muestra de manera explícita. Siguiendo fielmente los fructíferos consejos de Nicolás Maquiavelo, los adalides de la democracia, la normalización y el estado de derecho que dicen defender, preparan a conciencia a sus voceros, expertos en marketing político y medios de comunicación afines para que la población de Navarra asuma con absoluta naturalidad todas aquellas formas de violencia tranquila que, de facto, impiden que Navarra emprenda su futuro de modo absolutamente natural.

En el caso de España, no es tan difícil observar el modo en que los tribunales de Justicia –especialmente la Audiencia Nacional- alardea de cumplir con la legalidad cuando, en realidad, orquesta sentencias que repugnan el sentido común y atentan directamente contra la tan cacareada independencia judicial, como en el caso de los tres de Altsasu; el modo en que las fuerzas de seguridad del Estado, en muchos casos disfrazadas de ertzainas, arremeten contra decenas de navarros que ponen al día los viejos usos y costumbres del auzolan en Errekaleor-Gasteiz; el modo en que el ejército español con la inestimable ayuda de la Guardia Civil (cuerpo militarizado, no lo olvidemos) dice defender la unidad indisoluble de su estado -¿podría concebirse un mejor ejemplo de violencia silenciosa?-;el modo en el que, por un plato de lentejas, compran al Ejecutivo (qué ironía) de Iñigo Urkullu y otros representantes de la clase política navarra; el modo en que roban a este pueblo a través del Convenio y el Concierto, mediante la no menos violenta y necesaria colaboración de sus cómplices virreinatos (y virreyes Urkullu-Barkos); el modo en el que consagran la uniprovincialidad y aspecto pírrico de esa Navarra que dicen defender y que, en realidad, sobrepasa por mucho los límites de la Comunidad Foral.

No nos faltarían ejemplos, tantos como las “cien razones” por las que cierto escritor navarro decidió dejar ser español para ser, simplemente, navarro. Pero no pretendo ser exhaustivo en mi enumeración. Me conformo, meramente, con dejar constancia del modo en que España monopoliza el uso de la violencia buena, es decir, aquella violencia de guante blanco, irreprensible, de salón… silenciosa; al tiempo que crítica la violencia de los violentos, los radicales, los batasunos, los nacionalistas… como si ellos no fueran violentos, radicales, nacionalistas, siquiera luchando el bando antagónico.

Me gustaría poder afirmar lo contrario, pero España está ganando la batalla por goleada, y no me refiero en este caso a la batalla por el relato, ni mucho menos. Hago referencia, simplemente, al modo en que el Gobierno español y toda la maquinaria que moviliza es capaz de someter a todo un Estado sin prácticamente despeinarse y sin desgaste por su parte. Mientras tanto, nosotros nos entretenemos –y malgastamos energías inútilmente- en la batallita de demostrar quién es más navarro o qué bandera de Navarra es la auténtica.

 

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