La hora navarra

Cuando hablamos de Navarra como colonia en tiempo presente y como Estado independiente de España y Francia en futuro hipotético, podemos sufrir la tentación de obviar que existen otros modos de afrontar la descolonización -además, obviamente, del permanente recurso a la Memoria Histórica que como entidad jurídico política independiente de Navarra-.
La ausencia (certificada por la historia) de una Cataluña independiente como tal no parece ser un obstáculo para que una cantidad nada desdeñable de catalanes se haya erigido como sujeto político.

Aunque no abunden precisamente, algunos pocos analistas políticos especulan con la posibilidad de que Cataluña sea independiente de facto y con todas las garantías de aquí a unos cinco años. Así lo reconoce Javier Barraycoa, sociólogo, politólogo y escritor, quien, desde un indisimulado anti-catalanismo, es capaz de reconocer y augurar lo que para la inmensa mayoría de españolistas no es sino una pesadilla irrealizable.

A fin de cuentas, todo sociólogo que se precie -es decir, que sea capaz de enfriar sus sentimientos cuando trabaja y que se enfrenta a la tozuda realidad- es capaz de reconocer incluso la posibilidad de que suceda aquello que no desea. Probablemente, si preguntarámos a Barraycoa los motivos que le llevan a pensar en que la secesión será un hecho tarde o temprano, aludiría al espíritu del soberanismo catalán. Los momentos álgidos que vive una parte importantísima de la sociedad catalana no puede ser fruto del azar, sino de años de trabajo a partir de una hora de ruta que no deja prácticamente nada a la improvisación. Nadie está en posesión de una bola de cristal que permita vislumbrar el final del procés. Pero tenemos ya suficientes elementos de juicio que nos permiten sacar algunas conclusiones:
– La hoja de ruta hacia la construcción de la república catalana, obviamente, existe.
– Los soberanistas catalanes gozan de una capacidad de organización notoria.
– Más allá de las discrepancias evidentes entre formaciones políticas soberanistas, existe una ventana abierta al diálogo.

Las citadas conclusiones podrían subsumirse en una: existe un independentismo catalán proactivo. Las personas (y los colectivos) se caracterizan por su inclinación natural a la acción, como la propia palabra sugiere. Como ciudadano de la Nabarra Osoa, albergo un sentimiento a caballo entre la vergüenza y la impotencia, ya que lo que veo en los protagonistas del procés es precisamente lo que quisiera ver en la sociedad navarra y no veo.

Decía Harry Browne, quien fuera candidato a presidente de los Estados Unidos por el Partido Libertario -una suerte de formación alternativa al vigente bipartidismo de republicanos y demócratas-, que tratar de cambiar la mentalidad de una sociedad entera es una quimera.

Aplicada al caso navarro, la constatación que Browne hace en su best-seller Cómo encontré la libertad en un mundo no libre me lleva a pensar que, probablemente, Navarra no está lista para la independencia. Y que nadie, en su sano juicio, sabe ni el día fecha ni la hora, parafraseando al Nazareno, en que Navarra despierte de su letargo secular.
Rescatada recientemente por una pléyade de historiadores, cronistas e incluso algún que otro cartógrafo, la historiografía de Navarra ha sido rescatada del olvido y constituye, por qué negarlo, un argumento sólido contra el españolismo acechante. Sin embargo, de nada sirve contar con una legitimidad sobre el papel si, a la hora de la verdad, se mantiene meramente reactivo, siempre a la espera de una mejor oportunidad: a la espera de que el País esté unido; a la espera de que la lucha de clases se decante a favor de un socialismo autogestionado, obrero, feminista y desmilitarizado; a la espera de que los enemigos de Navarra reconozcan el sujeto político navarro; a la espera de que la situación económica mejore; a la espera de…
¿qué?

El sujeto político catalán bajo yugo español -poco me importa si consta de dos millones de personas, un millón y medio o dos millones y medio- ha tomado conciencia de sí mismo. Y ha decidido, de modo absolutamente unilateral, que quiere constituirse en una república independiente de España. Ha decidido, por consiguiente, pasar de las palabras y la retórica de taberna a los hechos. Es decir, ha decidido dejar de ser reactivo para ser proactivo.
Es posible que sea el Gobierno español quien finalmente se lleve el gato al agua, pero el catalanismo tendrá una oportunidad. Si algún día cabe hablar no ya de Navarra, sino de un sujeto político navarro, lograremos salir de nuestra zona de confort y, entonces, tendremos una oportunidad de vencer a España. Mientras tanto, seguiremos anclados y en modo reactivo, esperando el milagro que no llega. Como diría un castizo, para milagros, a Lourdes.

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