Jefatura y desgobierno

El pueblo de Catalunya, en contraposición con sus representantes, nos ha dado una gran lección y nos ha dejado, entre otras cosas, este claro mensaje: que no es que Catalunya tenga derecho a un Estado propio sino que se ha ganado el derecho a tener su Estado propio.

Los derechos no son tales por ser derechos sino porque un sujeto político, un pueblo determinado y organizado, es capaz de imponerlos, implantarlos e implementarlos.

Se impuso, con esfuerzo, tesón y convulsión la declaración unilateral de independencia que abre el proceso constituyente de la estatalidad catalana en forma de República activada por la Ley de Transitoriedad Jurídica fundacional de la República de Catalunya.

Un paso imprescindible para que el parto, con cesárea incluida, se haya podido dar y hayamos asistido al nacimiento de un nuevo Estado.

Los activos de ese nuevo Estado, incluyendo su historia milenaria, se hicieron efectivos en esta última fase debido la activación de un movimiento a pie de calle, un movimiento arraigado en el sustrato popular que cogió la iniciativa en lo que se está convirtiendo en la tormenta perfecta para reconquistar la libertad.

De ahí, siendo un mal necesario, o no tan necesario, la incorporación o auto-invitación posterior de los denominados partidos políticos catalanes autonomistas (PdeCAT, ERC, CUP) y sus respectivos aparatos de presión (lobys financieros y mediáticos).

Estos debieran de dejar a un lado su instinto compulsivo de autonomismo, cesar en su reclamación de un referéndum pactado donde no existe tal posibilidad de situación pactada por que para ello deberían antes retirarse las fuerzas de ocupación, anularse las normas y leyes que emanan de esas fuerzas y no podrían participar, bajo ningún concepto, los que no se identifican con el Estado catalán por decisión propia.

¿A quien le entra en la cabeza que un chino, un luxemburgués, un español o un brasileño puedan decidir el presente y futuro del Estado catalán?

Las “elecciones” impuestas por el imperialismo para el 21 de diciembre se convierten en la ratificación de que esos partidos políticos que se autodenominan independentistas no tienen estrategia alguna para implementar el nuevo Estado ni intención de buscarla.

Ensimismados como están en el paradigma autonomista que les procura su zona de seguridad y confort, su deseo es volver a él cuanto antes al haber comprobado los métodos del imperialismo, que parece, no tenían previstos…

Su hábitat natural es el charlatanismo político y su esperanza está basada en que el pueblo les siga. Que poco valoran a éste último.

El 1 de octubre de 2017 fue y es el Independence Day del Estat catalá.

Por muchas vueltas que se le quieran dar, el pueblo catalán lo demostró con hechos e impuso la independencia, en el territorio.

Por parte del imperialismo, poca originalidad, han tirado del manual al uso, de encarcelar a líderes para que su pueblo los considere héroes y sigan así al pie de la letra sus consignas y dictados. O dicho de otra manera, el imperialismo intenta fabricar líderes a su medida para sus futuros intereses. Táctica que dio y sigue dando muy buenos resultados en los territorios ocupados del Estado de Nabarra pero que mucho nos “tememos” que en Catalunya no va a funcionar. Uno de los motivos es que la Jefatura del Estado catalán no está en manos de esa “clase” política sino en otro lugar.

Ahora bien, una Jefatura con ausencia de gobierno es un hándicap muy difícil de sobrellevar visto que se necesita de un gobierno para hacer visible y transmisible la estrategia. Algunos, dentro del “soberanismo”, se han encargado de dinamitar los puentes entre la Jefatura y el gobierno que tenía visos de eclosión. Ésta, la Jefatura, tendrá ahora que volver a encontrar la manera de poder conectar de nuevo con su pueblo. Tarea nada sencilla vista la alineación con el imperialismo de toda la “clase política” presuntamente independentista.

Los discursos y las intencionalidades, en política, de poco sirven. Sólo la relación de fuerzas en presencia dirime y decide el destino de una situación.

La República catalana cuenta, por ahora, con ventaja sobre su adversario. El imperialismo se ha hecho fuerte en cuanto a control de la situación mediática y ha logrado llevar a su redil a los que fingían ser la vanguardia de la estatalidad catalana.

La República, en cambio, tiene el control efectivo del territorio donde el imperialismo destaca por su ineptitud e impotencia ante esa realidad. Tiene además determinantes apoyos internacionales, que se pueden ir diluyendo si no aparece, de una vez por todas, un gobierno de la República catalana. Pero de momento ese apoyo sigue vigente. Tampoco es descartable del todo que parte de esa clase política que va dando tumbos tome la decisión de que hay que tirar para adelante y se alinee con los que han gestado los hechos más transcendentes de estos últimos decenios y han situado a Catalunya en el primer plano de la actualidad mundial como Estado emergente.

Lo decimos, porque tomar esa decisión sería un ejercicio de realismo político por un lado, y porque el mismo enemigo no les está dejando otra opción a pesar de que esté confiado en que caerán en sus redes y actuarán en contra de los interese de su propio pueblo.

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