Imágenes traspuestas y disparidad estratégica

Si nos detenemos a observar lo ocurrido un 15 de agosto del año 778 y lo acontecido un 08 de abril del año 2017, concluiremos que estamos ante el reflejo de una decadencia política que este pueblo no ha sabido frenar y que su loca carrera hacia la aceptación de los preceptos implantados por el imperialismo ocupante le ha imposibilitado ver cual era su raíz política y el significado de lo que se gestó en los desfiladeros de Orreaga hace ahora 1.329 años.

Lo que aconteció aquel día en Orreaga conformó el embrión de la estatalidad vasca que perduró durante 796 años, fruto de una victoria militar del pueblo agredido contra los que pretendieron someterlo. Sólo un pueblo preparado y con un estrategia política muy definida podía lograr un objetivo de semejante calado político.

Lo presenciado en Baiona el 08 de abril de 2017 significa el anverso de la moneda de lo anteriormente relatado. El finiquito de una organización sub-política que decidió defender su ideario político con las armas en la mano habrá supuesto seguramente para sus simpatizantes un momento de zozobra e incredulidad al ver que dicha organización que ocupó los primeros espacios informativos de media Europa durante más de cuarenta años (sin otro resultado conocido que ése, en cuanto a política se refiere) desapareció de la nada en un proceso tan estrambótico como surrealista.

Esa loca carrera, antes mencionada, si bien prosigue con la escenificación llevada a cabo en Baiona, tuvo sus precedentes ocho décadas antes en Santoña y anteriormente en Bergara.

Algunos lo avisaron, que llevamos 500 años sin estrategia política, aunque la cifra no es del todo exacta, son 400 años los que se van a cumplir en el año 2020 desde que perdimos la máxima institución de la que se pueda dotar un pueblo para ser libre y soberano: el Estado. Esta afirmación fue puesta en duda e incluso negada por varios sectores de nuestro pueblo pero la realidad es terca y los hechos vuelven a colocar a cada uno en su sitio.

El resultado de todo ello nos ha dejado con un país partido territorialmente, al acomodo de los Estados ocupantes y legitimada esa partición por los propios ocupados.

En un país que desconoce ser un Estado ocupado en la actualidad.

En un país que ha ido perdiendo su lengua nacional según iba perdiendo su estatalidad en cada territorio que iba siendo usurpado por el imperialismo ocupante.

En un país incapacitado para definir quién conforma el sujeto político y donde delincuentes y victimas de la delincuencia imperialista organizada alcanzan un rango de legitimidad equiparable los unos a los otros.

En un país en que el social-imperialismo, encarnado por los Estados ocupantes, ha conseguido incrustar en las mentes del pueblo ocupado su letal ideología, que penetró en sus organizaciones políticas como el cuchillo en la mantequilla.

En un país que acoge con los brazos abiertos, en un clima de euforia y alegría desmedida, las urnas traídas del extranjero por las potencias ocupantes y que permiten, entre otras cosas, legitimar la represión contra los ocupados, su destructor y exógeno modelo educativo, su modelo económico expoliador de las riquezas de los territorios ocupados, su juridiscción (no de excepción sino de guerra) contra la población sometida y su modelo administrativo que asegura el buen funcionamiento del régimen colonial.

En un país que festeja las efemérides victoriosas de los ocupantes en detrimento de su Estado propio que fue derrotado en esas batallas.

En un país que desconoce la extensión territorial de su marco estatal y que lo reduce en un ejercicio imaginario de mentes troqueladas y convenientemente formateadas por las potencias ocupantes que durante siglos han “trabajado” en esa dirección hasta conseguir suplantar la expresión política de un pueblo que fue el asombro del mundo entero por ser un ejemplo de libertad sin parangón alguno.

En un país que se enzarza en cuanto a su denominación oficial.

En un país que desconoce cual es su enseña nacional fruto del trastorno producido por la invasión de su ente estatal y donde se inventan símbolos que se contraponen los unos a los otros.

En un país que suspende año tras año, y van cuatro siglos, su asignatura más importante: la política.

En un país aquejado del síndrome del buenismo, que se solidariza de una manera inusualmente espontánea con cualquier causa mundial y que no recibe sin embargo nada a cambio.

En un país donde su clase dirigente y supuesta vanguardia de la libertad de nuestro pueblo está políticamente corrompida y alineada de manera consciente, premeditada y calculada con los objetivos políticos del imperialismo ocupante para engaño y estupor de sus bases que todavía no parecen haber obtenido las suficientes pruebas de la dejación, sumisión, acomodo y entreguismo de sus “líderes”.

Es a todo ello a lo que nos referimos en cuanto a la decadencia de este pueblo, que demostró en el 778 su determinación para elevarse en sujeto político sin pedir permiso a nadie, y a la situación totalmente inversa en el que se encuentra al día de hoy.

¿Debemos entonces concluir que este pueblo ha desaparecido? A nuestro entender, no.

Un pueblo existe en la medida que te encuentras con él, que chocas con él, en la medida que aún ejerce fuerza.

Existe mientras mantenga aún resortes de poder.

Esos resortes están al día de hoy en un sector, aún minoritario, de nuestro pueblo, que ha sabido leer en toda su dimensión política nuestra situación de Estado ocupado y ha sabido formular un pensamiento político estratégico de nuevo cuño y hasta ahora desconocido en el país, que posee la gran virtud de ser irrecuperable para el enemigo por su solidez y lucidez estratégica, atesorando de esta manera el único poder ideológico que existe actualmente en el país y que sea digno de ese nombre.

Ahora bien, de ese sector dependerá, si posee la capacidad política suficiente o no, el convertir ese poder ideológico en una realidad política a través de su puesta en práctica, si consigue o no acumular y accionar la suficiente masa crítica que se ponga en marcha para hacer ingobernables nuestros territorios para los que actualmente tienen el control sobre éste y de esa manera revertir la relación de fuerzas en presencia, atraer la centralidad política hacia sus presupuestos, tomar el control del territorio y estar facultado entonces para gobernar desde la sustitución de un poder exógeno a este país, que gobierna desde hace cuatro siglos, a uno propio, que es el que le corresponde a este pueblo.

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