Falsa soberanía

Harriola Elkano.

Lo peor que les ha podido pasar a los países en los que pervive una masa ciudadana crítica que promueve la independencia no es otra cosa que la concesión de una autonomía. Lo vemos claramente en los denodados intentos de una buena parte de la población de Cataluña por romper amarras con España. Cada vez que, en el transcurso de los últimos años, se ha producido alguna iniciativa en tal sentido, enseguida ha llegado “Paco con la rebaja”. Conducida desde sus inicios por una serie de impulsos ciudadanos, es ese mismo colectivo quien entrega en bandeja las llaves del proceso a unos dirigentes políticos que -no lo obviemos ni olvidemos- obedecen a unos intereses ideológicos -eso es innegable-, pero siempre mediatizados por otros intereses menos románticos y más relacionados con el prestigio personal y el estatus económico, cuando no, sencillamente, por el vértigo, que no miedo, a la libertad que implica la secesión.

Para algunos, esta desgracia no pasó desapercibida, más bien todo lo contrario. Jean Paul Sartre publicaba el 24 de mayo de 1971 en Le Nouvel Observateur (y más tarde a modo de prólogo en el libro que Gisèle Halimi dedicara a “El proceso de Burgos) una seria advertencia. Sartre rememoraba las palabras que un vasco dijo ante él: “Tenemos la horrible suerte del franquismo”. Más adelante, explicaría cómo esa mala suerte hacía referencia al hecho de que, “si el régimen español fuera una democracia burguesa la situación sería más ambigua: el poder contemporizaría y de falsas promesas en tergiversaciones dejaría las reformas para el día del juicio final. Indudablemente, esto bastaría para crear entre los vascos una importante facción reformista que sería aliada del gobierno opresor y sólo esperaría de él un estatuto federalista y otorgado”.

Del mismo modo en que la cabra tira el monte, la facción más tibia del secesionismo catalán, así como la caterva acomodaticia del independentismo navarro (léase PNV y últimamente EH Bildu), termina transigiendo con lo que haga falta. Tener una mayoría abertzale no sirve de nada en ninguna de las dos cámaras pretendidamente autónomas de la Navarra Occidental y la Navarra Nuclear. Leo en el diario Naiz que el Tribunal Constitucional ha anulado “la limitación del fracking en la CAV (…), aprobada en 2015 en el Parlamento de Gasteiz. Por si a alguien no le queda claro quién manda en verdad, siempre viene bien un amargo baño de realidad.

Porque ahí reside precisamente la gran trampa: pretender que somos soberanos cuando, en realidad, somos subordinados, como bien dijo en su día el escritor Tomás Urzainqui.

Curiosamente, la profundización en esa pretendida autonomía -caso de la ponencia de autogobierno que acaba de concluir en la Cámara de Gasteiz- causa revuelo y desazón en el imperialismo hispano francés vaticanista que, siempre receloso ante la enésima arremetida de los navarros irredentos, se echa las manos a la cabeza deseando hacer ver que lo que pretenden jeltzales y abertzales es separarse de España. En realidad, se trata simplemente de ahondar en la dependencia y sumisión a la Piel de Toro, y unos y otros lo saben; pero todo forma parte de un soporífero teatrillo al más puro estilo del Mito de la Caverna de Platón. Mientras tanto, los señores parlamentarios engordan sus nóminas sin otro cometido que marear la perdiz in saecula saeculorum Amén. Eso sí, con la ayuda inestimable de sus palmeros en Gure Esku Dago, que predican incansables su derecho a decidir en vez de proclamar el derecho inalienable de Navarra a recuperar lo que le pertenece incondicionalmente: su soberanía; y de sus fieles aliados de la Memoria Histórica, empeñados en que la historia de nuestro país y, por lo tanto, de nuestra memoria como pueblo y país, comienza no en 778, sino en 1936. Ni los romanos tuvieron tanto circo como los sufridos navarros.

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