El rearme ideológico

En política cuando dos sujetos están enfrentados, si uno de ellos consigue recuperar al otro y éste último es asimilado por el primero, pasa a ser objeto de éste y sus actuaciones pretendidamente políticas, de ahí en adelante, no superarán el umbral de las sub-política o lo que viene a ser los mismo, la infra-estrategia, la infra-política.

Es en la situación, en la que como pueblo ocupado, nos encontramos actualmente, una situación que no varía desde hace cuatro siglos y que aparentemente no tiene visos de que vaya a variar, visto en manos de quienes se encuentran todos los aparatos de desinformación masiva,  de desideologización, de deseducación y de tergiversación de la historia de un pueblo que no dispone de los conocimientos sobre su pasado político para entender su presente y poder enfrentar su futuro.

A todo ello han contribuido tanto el imperialismo ocupante como los colaboradores autóctonos, todos ellos conforman el primer sujeto frente a los que fueron sujetos y hoy son objetos: el pueblo ocupado, que no se ha asegurado un espacio de resistencia, tanto en el plano ideológico como político.

Ante esta situación de debilidad política, la subordinación lleva a la obediencia y la obediencia se convierte en sumisión, en este caso de un colectivo entero, que a base de obedecer se encuentra en la ante-sala de desaparecer.

La claudicación política y renuncia de sus postulados y principios estratégicos por parte de las dos grandes familias que han encarnado el aranismo, han llevado a este pueblo al borde del abismo, lugar donde se encuentra en la actualidad y con mínimas posibilidades de salirse de este atolladero y librarse de ser empujado hacia el vacío por los que desde hace siglos nos tienen reservado ese final.

En Múnich, en el año 1962, se materializó la claudicación de la primera de las familias antes mencionadas, cuando liquidando todo el capital del que disponían, un gobierno de un Estado propio en el exilio, lo finiquitaron a cambio de mudarse al Estado agresor  e invasor  de sus territorios, aceptando ser parte de éste y entrar en sus instituciones, pasando de ser un gobierno de un Estado vasco a ser un partido político español.

La segunda de las familias del aranismo, en su vertiente supuestamente socialista e independentista, cometió la misma fechoría que sus antecesores. En 1979 puso fin a la pretendida guerra revolucionaria contra el invasor cuando decidió, también, entrar en las instituciones de los ocupantes y para ello, formalizar y darse de alta en su entramado jurídico-político, legitimando de esa manera a los que nos tienen sometidos y a los que supuestamente iban a combatir, fundiéndose en un mismo cuerpo político.

La clara raíz pactista y colaboracionista del aranismo con el imperialismo ocupante ha sido una constante en nuestra historia, anterior al nacimiento de ese movimiento y posterior a la perdida de nuestra estatalidad.

La anterior corriente política, el carlismo, tampoco supo salirse de la lógica del enemigo y cayó, de la misma manera que sus “herederos”, en la centralidad política del Estado invasor, acabando siendo parte y arte de la misma.

Los reclamos con los que intentan aleccionarnos las dos familias actuales del aranismo se concentran en dos eslóganes que lo dicen todo y que resumen de manera fehaciente y a la perfección lo que hasta aquí hemos venido indicando:

Los unos, los de Múnich, nos hablan de “la soberanía compartida.”

Los otros, los de la unidad popular, nos aleccionan con lo de “un país compartido.”

El rearme ideológico ante una situación tan extrema como la que estamos viviendo se convierte en el primer cometido político y a la vez un objetivo estratégico.

La toma de conciencia e interiorización de que somos actualmente un Estado ocupado es la piedra angular sobre la cual únicamente puede girar una estrategia política de liberación nacional.

Primero, por que sitúa la confrontación política en su dimensión real y segundo, por que tiene la virtud de ser un planteamiento estratégico irrecuperable para el imperialismo.

Explica de golpe la raíz de este conflicto entre tres Estados y al tomar conciencia de que somos miembros de uno de ellos, ello acelera de manera vertiginosa el proceso de descolonización mental que como pueblo ocupado somos victimas.

Abre de facto la puerta que nos permita franquear un espacio propio y por lo tanto, nos llevé a contemplar como única vía una línea estratégica que debe encontrar su pleno sentido en unos movimientos tácticos basados desde una centralidad política propia.

De que ello se pueda dar, dependerá de la postura que adopte la parte más concienciada de este pueblo que se sabe ocupado. Si no se siente aludido y sucumbe a la pasividad inducida por los cantos de sirena de quienes dicen buscar su libertad y no hacen nada para ello, entonces, nuestra desaparición como sujeto político, es decir, como pueblo, programada por los aparatos de guerra de los Estados ocupantes, será irreversible, en un espacio de tiempo más o menos prolongado.

 

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