¿Dónde están las paperetas…. las paperetas donde están?

Al cumplirse hoy, primero de diciembre, dos meses de la demostración de fuerza del pueblo catalán, el estribillo que se popularizó en aquellas fechas, en uno claro desafío a las fuerzas de ocupación, resuena aún en nuestros oídos.

La situación, dos meses después, no es ni mucho menos la idónea debido a la mala gestión de parte de los encargados de cotejar y dirigir esa fuerza popular. Sobre ello no nos vamos a extender ya que en un plazo muy breve haremos una referencia clara y concisa sobre dicha cuestión en esta misma sección de flash/adi egon.

Hoy preferimos fijarnos en la dignidad y determinación de ese pueblo.

Los hechos acaecidos el 1 de octubre no fueron fruto de la improvisación ni de la espontaneidad sino de un proceso bien larvado donde la población asumió durante estos últimos años un protagonismo inédito y fruto de ello pudimos constatar los resultados.

La red organizada y fuera del control habitual de los partidos políticos en cuanto a organización, exceptuando los núcleos urbanos a cargo de los comités de defensa de la República, cosechó un éxito sin precedentes.

La llegada coordinada de más de 2.500 urnas a sus destinos bajo la ocupación imperialista que tenía como misión abortar dicha acción nos hizo ver en manos de quienes está el control efectivo del territorio.

Mientras, las fuerzas de ocupación ni siquiera consiguen acantonarse en dicho territorio, teniendo como infraestructura campings, hoteles y barcos de crucero turísticos.

Ante ello, ese día 1 de octubre, el imperialismo, totalmente desencajado e impotente, decidió intervenir con el uso de la fuerza para frenar y hacer replegar a su enemigo que desbordó por completo sus previsiones. Hasta los partidos políticos del “soberanismo” se vieron sorprendidos y sobrepasados por la respuesta popular.

La reacción violenta de las fuerzas ocupantes fue respondida de manera contundente por la inmensa tela de araña popular que no sólo los freno en seco sino que les obligó a retirarse a sus refugios, mediada la tarde de ese día que sorprendió a medio planeta.

Una vez derrotadas las fuerzas armadas extranjeras, los autóctonos procedieron a recontar las papeletas de una convocatoria plebiscitaria donde se refrendó una decisión tomada con antelación.

Eso es lo que ocurrió el primero de octubre, donde el pueblo implantó la independencia sobre el territorio en su conjunto, quitándose del medio a las fuerzas del imperio y dejando boquiabiertos a sus propios “líderes”.

Payeses, estudiantes, obreros, curas, profesiones liberales, mossos de esquadra, jubilados, empresarios, parados y bomberos haciendo frente al imperialismo y haciéndolo retroceder para implantar la voluntad popular. Lo nunca visto.

Al de dos días, el día 3 de octubre, la cosa fue a mayor y asistimos atónitos como la población echaba a gorrazos a las fuerzas de ocupación de varios puntos del territorio catalán, teniendo que abandonar esas tierras no ya inhóspitas sino fuera del control del imperialismo para acantonarse en los límites periféricos del Estat català, concretamente en Aragón y desde allí seguir acechando.

¿Quiénes tienen la osadía ahora de declarar que el pueblo no está suficientemente preparado?

¿Quiénes tienen la desvergüenza de tomar decisiones en nombre del pueblo para desactivar la resistencia y posterior ofensiva en toda regla, con la excusa que lo defienden de la muy probable extrema violencia del invasor?

¿Quiénes son los que usurpan la voluntad y determinación popular?

¿Quiénes son los que frenan la capacidad popular?

Los de siempre.

En esos días del octubre catalán y hasta la fecha clave, el día 10 de octubre, los de siempre se encargaron de dar al traste, al menos de manera momentánea, con la determinación de todo un pueblo, erigiéndose de manera fraudulenta como los garantes de unos hechos consumados, secuestrando la savia y acción política de la cual ellos no fueron los protagonistas esenciales.

Es lo que tiene tener como representantes a una clase sub-política, acomplejada, mentalmente colonizada y conformista con el status quo imperante hasta aquellos momentos, que no supo o no quiso leer el momento político que se estaba gestando en toda su dimensión y donde el imperialismo estaba contra las cuerdas y al borde del precipicio.

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