Desplegar nuestros activos

Somos pueblo porque preservamos un poder contra el cual chocan otros pueblos que les permiten saber de nuestra existencia. Poseemos, como tal pueblo, nuestra identidad jurídica política propia acuñada sobre base de la ciudadanía nabarra a todos los efectos y por consiguiente ello indica que nos elevamos a sujeto político a raíz de la fundación de la máxima institución política que rige las normas internacionales: el Estado.

Ese es nuestro pasado pero también nuestro presente porque nunca hemos renunciado a nuestra adquirida soberanía y aún habiendo sido a posteriori secuestrada esta última, nos seguimos comportando como miembros de la resistencia de un Estado ocupado, fieles a nuestras costumbres, a nuestros derechos, a nuestra idiosincrasia, a nuestro pensamiento, a nuestro entorno, a nuestro ser y estar. Ello explica porque buscamos incesantemente el retorno a nuestro hábitat natural que no es otro que vivir en plena libertad para poder desarrollarnos como lo que somos y no como nos quieren formatear los que tienen ocupados nuestros territorios, desfigurando una realidad a la que tenemos derecho por capacidad propia y a la que estamos determinados de nuevo a acceder en uno plazo cuanto más breve mejor.

Comunicación y pensamiento nos hacen ser pueblo.

A nivel de transmisión oral, escrita y leída, el euskara es la lengua primogénita de este pueblo, siendo además la raíz y la matriz de todas las lenguas habladas en Europa, incluida el castellano. Un hecho ante el cual el imperialismo ha ejercido una brutal ofensiva desde hace siglos para que esa realidad no salga nunca a flote, borrando y destruyendo cualquier vestigio que certificara esa autenticidad.

Su situación actual es deplorable, siendo sostenida a duras penas gracias al esfuerzo descomunal de la parte más concienciada de este país que consciente del grave riesgo que corre, su desaparición supondría la perdida de una imprescindible vertiente del ser y estar que nos hace pueblo.

Pérdida que no ha podido consumarse debido a que la población amenazada de ver desaparecer su lengua, ostenta aún un nivel de poder que impide semejante tropelía. Ese poder no solamente hay que preservarlo sino amplificarlo con el fin de asegurar la existencia y desarrollo de nuestra lengua nacional en todos los órdenes y darle el sitio que le corresponde como lengua de uso normalizado y oficial en todo el país.

Sólo se podrá dar esta circunstancia si el pueblo de habla euskara se vuelve a dotar de su Estado propio, único modo de poder garantizar la supervivencia de su lengua. Recordar, que según nuestro Estado fue desmembrándose debido a la violencia ejercida por el invasor, la lengua de este pueblo iba desapareciendo en cada territorio que caía en manos de los usurpadores. Dicho de la misma manera, según íbamos perdiendo estatalidad, a la par, íbamos perdiendo el idioma.

La celebre frase de Joxean Artze que decía que un idioma no se pierde porque el que no lo sabe no lo aprende sino porque el que lo sabe no lo habla fue acogida como un acierto en el seno de nuestro país cuando dicha aseveración fue un desacierto total, y es que una lengua se pierde cuando un pueblo es violentamente agredido, sometido y colonizado por el imperialismo y le son destruidas todas las herramientas que dan sustento y continuidad a ese idioma. Obviar esa parte es silenciar la monstruosidad sobre la que se cimienta el genocidio al que hemos sido sometidos.

Esta última observación enlaza con el pensamiento que impera actualmente en el seno del pueblo ocupado, un pensamiento moldeado y troquelado por quienes nos tienen bajo su bota. Los efectos de cuatro siglos sin estatalidad propia han sido devastadores. Nuestra auto estima ha llegado a niveles de decrecimiento hasta ahora desconocidos, la lógica con la cual enfrentamos cualquier situación está imbuida y sujeta a lo que nos transmiten los aparatos del poder ocupante, la facilidad con la que caemos en el auto odio, el desdén y el desprecio hacia y entre nosotros mismos está al orden del día, llevándonos a un enfrentamiento continuo y germen de la eterna división.

Las consecuencias de todo ello nos han hecho ser seres desconfiados, rencorosos, además de temerosos, acomplejados, asépticos, vulnerables y sumisos ante el imperialismo pero arrogantes ante el sometido, es decir, hacia nosotros mismos.

Cuatro siglos de colonización y aculturación provocan, por lógica, este estado de cosas. Nuestro pueblo no es ni mejor ni peor que cualquier otro pueblo del planeta sino más bien, ha tenido la fatídica desgracia de tener como vecinos a dos Estados depredadores, totalitarios y sin principios ninguno a la hora de atacar, saquear, exterminar, ocupar y colonizar.

Es por lo tanto preciso darnos cuenta de cuales son aún los activos que atesoramos para desplegar nuestros resortes de poder.

Disponemos de una cultura política milenaria que no ha desaparecido del todo como lo atestigua la articulación operacional de nuestra virtualidad asociativa, bien sea por medio de la organización de asambleas, concejos, batzarres, auzolanes, que son la sombra y los residuos de nuestra costumbre elevada a derecho por medio del ejercicio del derecho nabarro, también llamado vascón o pirenaico, nuestra manera de entender y aplicar la estructuración de base de la organización social.

Bueno sería que se crearán los centros docentes pertinentes que expandiesen esa cultura política y todo lo que conlleva, desde las haur eskolak hasta las universidades.

Un país que genera una actividad cultural sin paragón y bajo unas condiciones de ocupación. Otro tanto podemos decir de su capacidad para generar economía y ser puntero en los sectores tecnológicos e industriales.

Existe, sin duda alguna, esa articulación asociativa antes mencionada, que nos puede hacer fuertes. Junto a ello, tenemos que esforzarnos en conseguir la desalineación mental antes referida y añadirle una capacidad de percepción de la realidad política, una lucidez estratégica, una rapidez de adaptación, de reacción e iniciativa, ser imprevisibles para el enemigo y actuar como una nación de facto independiente. Poner el rumbo en esa dirección, recuperar nuestra auto estima política, nuestro razonamiento político y raciocinio en clave de país propio. Debemos superar la asignatura pendiente que como pueblo no llegamos a aprobar: la de la política.

Con los activos aquí descritos, más los que a buen seguro se nos han quedado en el tintero, nuestro objetivo estratégico, único e inaplazable, donde se deben poner todos los medios y recursos, no puede ser otro que el inicio de una ofensiva política que tenga como punto de mira nuestra reintegración en el concierto de los Estados como ente propio y soberano, única manera de poder sobrevivir como pueblo.

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