Despertemos

Hamabost.

Transcurrían los años cuarenta, fecha en que los nabarros salíamos derrotados y diezmados por una de las tantas guerras que vamos padeciendo, en el paso de Dantxarinea, frontera impuesta por los dos Estados que tienen ocupados nuestros territorios.

A un lado de dicha “delimitación territorial” se encontraba, como todos los días, Marcel, miembro de la gendarmería francesa. Al otro lado, su homónimo, el benemérito Francisco, Paco para los amigos. Con puntualidad nabarra, todos los días a la misma hora, aparecía Eneko, montado sobre su bicicleta para transitar el espacio vigilado. Macuto al hombro, con su carga diaria, éste era retenido por el “amigo” Paco que requería sobre el contenido del macuto en cuestión y lo revisaba por si Eneko incurriese en un delito de contrabando. Eneko era consciente de quienes, de los tres, eran dos los delincuentes que se encontraban juntos en aquel momento. El macuto era revisado y a veces requisado, en varias ocasiones con penalización económica incluida, y la mayoría de las veces cruzaba la línea roja sin mayor percance. Eso sí, una vez superado al benemérito le esperaba el gendarme y vuelta a empezar.

A veces las cosas se complicaban aún más cuando los vigilantes de ambos lados no entendían que Eneko pasara todos los días el paso vigilado para llevar a penas una mercancía que a lo sumo no le daría ni para vivir y ante esa incomprensión estaban seguros de que algo más tenía que haber. Entonces le hacían descender de la bicicleta y la desmontaban, buscando en los tubos, en los manillares el ansiado “zulo” que escondiese lo que realmente llevaba Eneko. Todos los esfuerzos fueron en vano, no llevaba nada más que lo que aparecía en su macuto.

Así transcurrieron treinta años, en ese trajín donde los tres “figurantes” siguieron escenificando esa obra maestra con final inesperado.
Allá por los años setenta, uno tras otro, de manera no muy espaciada, fueron jubilándose, desapareciendo de manera definitiva de aquel incomparable paraje pirenaico.

Fue en el mes de Abril del año ochenta cuando Eneko se propuso ascender al monte Larrun, en uno de sus habituales paseos por la naturaleza, cuando decidió entrar en una de las ventas que allí se encontraban para reponer fuerzas. Al entrar en el establecimiento, divisó a la altura de la barra, sentados en sus respectivos taburetes a Marcel, el gendarme venido de no se sabe donde y a Francisco, el benemérito que con el color de su traje se camaleonizó durante años en el verde pirenaico.

Estos, inmediatamente se percataron de su presencia y entre aspavientos le invitaron a juntarse con ellos. No fue precisamente un plato de gusto para Eneko pero éste se acercó a los dos sujetos y los saludó con educación. Éstos le invitaron a que compartiese una consumición con ellos, a lo cual Eneko accedió. En el transcurso de la conversación, el francés le advirtió al nabarro que nunca entendieron porque se dedicó a ese trabajo, si aquello, con lo que él llevaba, no daba ni para subsistir y que ambos, él y su homólogo español, pensaban que había algo más. El español se lo preguntó directamente: “¿que es lo que realmente pasabas y que nunca te lo pudimos descubrir?”

Una sonrisa socarrona se desdibujó en el rostro de Eneko y procedió a contestarles:

“La bicicleta. Lo que yo pasaba de un lado a otro era la bicicleta. Una bicicleta nueva, del mismo color y la misma marca para clientes de ambos lados de aquella frontera que os inventasteis y vigilabais. Pasé delante de vuestras narices, exactamente, 21.000 bicicletas nuevas de un lado para otro y viceversa, en esos treinta años.”

Los dos inquisidores se quedaron de piedra, no dando crédito a lo que acababan de oír. Paralizados, con la mirada perdida, no tuvieron tiempo de reaccionar cuando Eneko se dio media vuelta para dirigirse hacia la salida del establecimiento, exultante y sabedor del golpe que acababa de inflingirles, saldando de paso, todas las humillaciones y penurias a las que fue sometido durante años por parte de estos dos ejemplares agentes del orden que velaban por la seguridad y el bien estar del pueblo nabarro…

Este relato tiene que ver con la actual situación que como pueblo estamos viviendo.

Detectamos al enemigo, sabemos quién es, lo que nos ha hecho pasar y lo que nos tiene reservado y sin embargo no atinamos en el sentido de encontrar la vía para deshacernos de él y ponerlo a buen recaudo, lejos de nosotros, para que no vuelva a determinar nuestras vidas y convertirnos de nuevo en seres encadenados y enjaulados.
Ellos están en ese parlamento que consideramos nuestro y donde creemos que reside nuestra “limitada soberanía” cuando en realidad lo pueden borrar de un plumazo aplicando el artículo 155 de SU constitución.
Están en ese gobierno que llamamos vasco y que sólo tiene facultad para gobernar las migajas que sus amos les conceden, donde no encontraréis a ningún ministro sino consejeros, por no decir consejerillos.
Ellos redactan esas leyes a las que se les debe obligatorio cumplimiento y que son depositarias de un delito de lesa humanidad como lo es el imperialismo. Leyes a las cuales acudimos y por lo tanto legitimamos.
Ellos convocan elecciones en un país ocupado, incurriendo de nuevo en un delito, al convocarlas en territorios que no son suyos y que nosotros lo vemos como algo lógico y democrático, participando de lleno y de manera activa en la comisión de ese delito.
Están en esa “policía vasca” que en realidad son fuerzas de seguridad del Estado. ¿De qué Estado?
Están en esos centros de enseñanza donde se oculta y tergiversa la historia y la expresión política de nuestro pueblo.
Están en esos medios de difusión masiva, que al igual que un somnífero, nos tienen totalmente anestesiados.
Podríamos seguir así hasta confeccionar una enciclopedia de un número interminable de tomos.

Tenemos que revertir esta situación, salirnos de la lógica del ocupante, de la lógica del colonizado y al igual que Eneko, y salvando las distancias, ingeniárnoslas para zafarnos de nuestros carceleros, neutralizarlos y expulsarlos de nuestras vidas para recobrar la libertad de la que hemos gozado hace a penas cuatro siglos.

Sólo lo conseguiremos si acertamos ver la realidad con nuestras propias gafas y no con las que el imperialismo nos ha “regalado”.

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