Catalunya en el horizonte

Lo más probable es que el lector que acabe de acceder a este estrenado hamabost del día 1 de octubre, se dé de bruces con que en Catalunya se está produciendo una situación de insurrección popular contra las fuerzas de ocupación y a favor de la estatalidad propia.

El detonante ha sido la prohibición por parte del imperialismo de un referéndum que, recordamos, si hubiera sido “pactado” bajo la ocupación, con el control del territorio, las normas y el censo en manos de los ocupantes, hubiese supuesto un suicidio político para los catalanes. Los acontecimientos, que han sorprendido a la comunidad internacional y están dejando descolocado al imperialismo, han sido propiciados por el empuje lineal y horizontal de un pueblo que ha desbordado con su constancia a sus propios líderes y han convertido lo que era llamado a ser un referéndum en un plebiscito que refrendase una decisión ya tomada y donde los que no son catalanes, a pesar de presumir de ello, no van a tomar parte en decisiones que afectan a un Estado que no consideran suyo. Que el plebiscito se vaya a llevar a cabo en toda su dimensión no parece lo más probable… por ahora.

Es como mínimo, preocupante la ineptitud política de la que han hecho gala durante varios meses los que en Catalunya se han arrogado el papel de vanguardia de todo un pueblo. Han ido dando tumbos e improvisando de una manera más que peligrosa para los intereses del pueblo ocupado, encontrándose el procés al borde del colapso en reiteradas ocasiones.

Desde el momento en que éste “cayó” en manos de los partidos políticos, que se hicieron con la dirección de un proceso iniciado por entidades populares catalanas, se iniciaba un recorrido que parecía conducir irremediablemente hacia un callejón sin salida al constatar que la estrategia planificada descartaba actuaciones propias y estaba sujeta al ordenamiento político y jurídico que emana de todo el entramado implantado por las fuerzas ocupantes.

Sin embargo, hay “detalles” que no se nos pueden escapar y que invitan a pensar que algo se ha ido moviendo en Catalunya a pesar de esa falta de estrategia política emancipadora detectada desde el inicio, cuando desde un principio, una de las mayores fuerzas del institucionalismo autonómico español (lo tendremos que decir así, porque al día de hoy no existe otro) en Catalunya, que ni siquiera declarativamente se había posicionado a favor de la independencia en todos estos años, se sitúa a favor de la estatalidad propia con un líder a la cabeza, Arthur Mas, que sorprende por su capacidad dialéctica, enunciando y enumerando toda una serie de principios y preceptos ideológicos, tácticos y estratégicos que marcan, al menos en lo declarativo, un antes y un después. Cuando se empieza a intuir que algo se está moviendo, aparece otra de las fuerzas del institucionalismo autonómico, véase la CUP, esos mismos que censuran y se oponen a que Catalunya tenga su ejercito propio y que todavía parecen no haberse enterado que su primer problema social es su problema nacional, y defenestran al líder emergente.

Sigue la política de la incoherencia y de los bandazos, donde se insiste en que la libertad de un pueblo debe ser sometida a elección, como si se tratara de una opción y no de una cuestión vital, llegando incluso a anteponer la democracia a la independencia, como si ello fuera posible.

No puede existir, de ningún modo, democracia alguna si previamente no se es independiente.

Todo se enmaraña y las muestras de debilidad y sumisión a las potencias ocupantes afloran de nuevo con fuerza poniendo al procés  en la antesala de su defunción hasta que se produce un impasse y unos hechos concatenados en estos dos últimos meses a raíz de la toma de ciertas decisiones que propician unas actuaciones a tener en cuenta.

Son relevados del gobierno autonómico catalán los consejeros considerados dubitativos con el proceso independentista, es sustituido del mando de la policía autonómica española, el Mayor de los Mossos de Esquadra anterior, por un mando favorable a acatar las decisiones soberanas que emanen de la voluntad popular, y se producen los atentados de Barcelona y Cambrils donde la reacción y actuación inmediata y coordinada de los diferentes aparatos autonómicos de Catalunya así como la manera de gestionar esa crisis se asemejan, a los ojos de los catalanes, a aparatos de un Estado propio, elevándose una ola de auto estima política sin precedentes y a la vez, hace que refuerce la determinación de que la presencia de España no es que no sea necesaria sino que es indeseable en los territorios catalanes.

A comienzos de setiembre, el parlamento autonómico vota y proclama por un lado la Ley de referéndum y por otro, la Ley de transitoriedad jurídica y fundacional de la República. La paradoja de esta última ley, es que se trata de una fórmula totalmente continuista e insertada en el ordenamiento jurídico y político impuesto por los ocupantes para pretender ponerla al servicio de la más radical ruptura política imaginable. Esta maniobra, si bien supone una declaración de intenciones además de una asunción de riesgos por parte de los que han dado ese paso al frente y una inyección de moral para los que anhelan la libertad de su pueblo, acaba chocando con la realidad política donde, al fin y al cabo, la relación de fuerzas en presencia y el monopolio de la violencia son los elementos que condicionarán y dirimirán la cuestión que hoy nos ocupa. Unido a este pensamiento, hay dos cuestiones que hacen que  la euforia que estamos viviendo ante estos acontecimientos no sea buena consejera. Por un lado, no se atisba un trabajo que haya dado sus frutos en cuanto a apoyos internacionales con la causa de la estatalidad catalana y por otro, a nivel interno se observa la carencia de fuerzas coercitivas propias que estén preparadas para defender en cualquier momento al pueblo catalán. No quita, todo ello, que estas cuestiones estén en el punto de mira de los estrategas catalanes a un plazo muy corto y como siguiente fase de la ofensiva que Catalunya ha puesto en marcha para expulsar a los imperialistas de sus tierras. Pero cuidado con las fases, los ritmos y los tempos ya que las revoluciones o se acaban con éxito o si perduran, sucumben al poder de lo establecido.

Son, así todo, momentos de inflexión, que no suelen ser siempre calculados sino que acontecen, los que muchas veces desencadenan un mecanismo de movimientos muy difíciles de prever y que pueden suponer un empuje político que en un espacio de tiempo muy corto superan todas las expectativas que se han ido generando en decenios de actividad política.

La pieza fundamental que pone en marcha este engranaje, el factor político esencial, es la creencia del propio pueblo en sus posibilidades. Hay indicios que indican, a raíz de estos últimos acontecimientos aquí descritos, que el pueblo catalán ha tomado la determinación de ejercer como tal y que no cabe una vuelta atrás.

Si esto se confirma con hechos, es muy probable que ese desencadenante se convierta en un movimiento imparable.

No hay clase política, ni inepta ni indecisa, que pueda frenar a un pueblo cuando este se lo cree con firmeza. Él mismo se encargará de empujar y obligar a su clase dirigente a situarse a la altura de las circunstancias y del momento que exige un pueblo que ha recuperado su auto estima y le ha perdido el miedo a los que le han avasallado durante siglos.

Ha existido un giro en algún sector, en alguna parte de la actual dirección política que se ha puesto al frente de este proceso, que ha propiciado este desencadenante. De la misma manera que hay que oponerse y denunciar a los que dicen representar y actuar por la libertad de un pueblo y no hacen nada para ello, habrá también que reconocer, apoyar y alentar a los que sí han actuado en favor de los intereses de su pueblo y éste, sin ningún genero de duda, sabrá responder en cuanto perciba en toda su magnitud el calado político de esas actuaciones y su olfato político le indique que ha llegado el momento.

Todo indica que estamos muy cerca de dicho escenario y de su incipiente desarrollo.

Algo se palpa en el ambiente, en la calle, ahí donde el pensamiento político se convierte en hechos, y es que la sacrosanta unidad de una de las potencias ocupantes se está resquebrajando desde sus mismo pilares y que el desmoronamiento y derrumbe de esa estructura edificada de manera delictiva es sólo cuestión de tiempo, siempre y cuando las fuerzas libertadoras sigan desapuntalando el edifico con fuerzas renovadas, cualificadas, determinadas y perseverantes.

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