Un ‘ethos’ para la cultura

Julio Urdin Elizaga

Llama poderosamente la atención una aseveración como la planteada por el filósofo Nicolai Hartmann (1882-1950) respecto de la cultura desde el punto de vista relacionado con el aprendizaje y la enseñanza cuando afirmara: “Peligroso es el ideal de la cultura actual, no por su dirección hacia la altura, sino por su dirección hacia lo ancho. Todos deben ser cultos: este lema es insoportable para un pueblo concreto viviente. Es la aniquilación de las propias reservas, pues las reservas se hallan sólo en los vitalmente no consumidos.” No es el caso – aclara previamente – de los intelectuales y de las gentes que se dedican al cultivo de la misma pues siempre, en todo caso, lo hacen a expensas de su resistencia, ya que “sabido es que el trabajo espiritual se nutre de la vida […] Cargar, preocuparse, quebrar la vida corpórea bajo la exigencia del espíritu es el fenómeno más habitual. Puede ser cuestionable cuán lejos la vida pueda volverse a poner en pie bajo la carga del espíritu. El hecho, es la degeneración vital general en los portadores de la cultura”.

Interpreto, aun a riesgo de equivocarme, que ello va en línea con aquel pensamiento coetáneo del autor que auguraba la desaparición de los cansados pueblos de gran cultura como en su día aconteciera en Grecia, frente a la emergencia de los más vitales y enérgicos, pero, asimismo, calificados de bárbaros, primero la Roma de los reyes etruscos (Spengler), para luego caer en manos de aquellos vándalos que la invadieran, inspirado en el esquema de crecimiento en espiral y del retorno histórico de Vico según el cual las tres etapas por las que atraviesa toda nación pasan indefectiblemente por un período heroico, de barbarie de los sentidos, otro de auténtica civilización y, finalmente, un tercero decadente caracterizado por el exceso intelectual; al decir de J. G. de Beus. En el pensamiento de este autor, hoy para la mayoría desconocido, holandés y diplomático de carrera, era clarificador como el que fuera precursor de Spengler y Toynbee, el ruso Nicolai Danilevsky, contemplara la última de las etapas, considerada como de la civilización: “en este período de tipo histórico-cultural alcanza la floración completas de su productividad creadora y la materialización de sus ideales de bienestar social e individual. Esta fase es relativamente corta […] porque su actividad creadora ocasiona un consumo de sus fuerzas y ninguna civilización está dotada del privilegio de progreso ininterrumpido, y desde entonces todo pueblo está finalmente agotado y exhausto para la creación”. Y todo ello– habrá de continuar en nuestro relato Hartmann – puesto que: “esa degeneración no se efectúa en una sola generación –eso podría soportarse –, sino que ella continua hereditariamente. Las estirpes de hombres cultos están siempre en estado de extinción: bastan pocas generaciones para consumirlos. Y si el reabastecimiento procedente de la población sana no equilibrase el estar a punto de extinguirse, la cultura superior del espíritu debería extinguirse en brevísimo tiempo. Visto desde la salud del pueblo, la cultura espiritual puede perdurar en una nación sólo mientras hay en suficiente amplitud una vida todavía no consumida, una vida no espiritual, la cual puede ser consumida por la cultura espiritual”. (Para algunos esta última parece encontrarse en las manifestaciones de índole deportivo.)

Este filósofo alemán – aunque nacido en Riga (Letonia) – no es precisamente uno de los que aparecen en el listado de los previamente recogidos por Yvonne Sherratt, en su estudio sobre Los filósofos de Hitler bajo epígrafe de Dramatis Personae. Sí, no obstante, es mencionado en varias ocasiones por Jürgen Habermas, en sus Perfiles filosófico-políticos, quien agradece, hablándonos sobre Karl Löwith, su aportación ontológica sobre el ser real e ideal. Además el más díscolo de los filósofos de la denominada Escuela de Frankfurt asocia, de alguna manera, su pensamiento al de uno de los creadores de la antropología filosófica, Arnold Gehlen, sobre todo en lo referido a la inferioridad de las condiciones orgánicas del ser humano frente a de resto de los animales, aunque él mismo nos hable de la influencia dada en su obra por el pensamiento de los otros dos: Helmut Plessner y Max Scheler. Siendo finalmente, dentro de nuestro entorno cultural, Ferrater Mora, quien en su Diccionario de filosofía, calificara su obra estando referida y orientada hacia los problemas (como el mismo autor defendiese públicamente) frente a las más ambiciosas que buscan ser sistema.

Cuando Hartmann nos habla de cultura, se refiere fundamentalmente a lo que nosotros denominamos hoy en día como educación, la transmisión de conocimientos y habilidades dadas en una sociedad caracterizada fundamentalmente por la innovación tecnológica, pero también de aquellos otros que otrora lo fueran por tradición. Lo del cambio por la educación viene dado, al menos desde la Ilustración, por la conciencia de que somos fundamentalmente transmisores de lo creado heredado y de lo aún por crear, una vez forme parte de su acervo, a sabiendas de que la cultura, poca o mucha, buena o mala, simplemente es; acompañando al ser humano desde su origen como tal, ya que – y en ello creo contar con amplio consenso – no hay pueblo, ni persona alguna, que en grado determinado adolezca de la carencia de cultura. Por lo que, y sintiendo llevarle en ello un tanto la contraria, la cultura viene a constituir algo así como un ethos, a la vez, inicialmente, “morada” y, posteriormente, “hábito”, “costumbre”. En Heráclito –informa un diccionario – el hombre en su ethos es un demonio, que en todo caso como daimon, debería estar puntualizado como benefactor, ya que el concepto de: “Ethos/casa – nos aclara Rossana Cassigoli – es el conjunto de relaciones que el humano establece: con el medio natural, separando un pedazo de él para que sea su morada; con los que habitan en la casa, para que sean cooperativos y pacíficos; con un pequeño lugar sagrado, donde se guardan las memorias queridas, y con los vecinos, para que exista mutua ayuda y gentileza. Casa es todo eso; un modo de ser de las personas y de las cosas. Para ser tal, la casa debe tener un buen astral. Eso lo proporciona el daimon, o genio bienhechor. El bien que él inspira hace de las cuatro paredes y del conjunto de las relaciones una morada humana. Ahí nos sentimos bien, amamos y morimos”. Sobre la primera ecológica instancia, Hartmann habrá de matizar: “Como quiera que sea, en toda explotación abusiva que realiza el hombre de los tesoros de la naturaleza puede advertirse claramente una inmadurez del espíritu”.

Como transmisores de la cultura, la altura de la misma “de los pueblos históricamente conductores se paga cara”, afirma el filósofo alemán. Pero, así mismo, para un biólogo como Mark Pagel, en contraste con lo anterior, habremos de tener muy en cuenta el que no podamos siquiera prescindir de la realidad constitutiva de ser “vehículos culturales de subsistencia”. Aunque, tal vez, bien cupiera preguntarse por cuál es el estadio de nuestra condición cultural: si aquél referido a la barbarie inicial, del que el fenómeno de la violencia no pasaría en su tragedia de ser otra cosa que el manifiesto síntoma de su enfermedad, o al final del infructuoso recorrido donde el horizonte de la acción política no viene a consistir sino en el mantenimiento de los presuntos logros del domiciliado bienestar alcanzado. Desde mi punto de vista, el error manifiesto de buena parte de la izquierda y aún del nacionalismo radica en la actitud de conformidad con lo último, con lo conseguido previamente como si fuera el mejor de los mundos posibles, así como la carencia de un ethos de la cultura orientado hacia la innovación de la misma.

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