La violencia del Estado contra la Estelada

nabarralde

Víctor Alexandre

Se puede pensar que el hecho de que el juez tumbara la prohibición de llevar esteladas en la final de la Copa del Rey, rechazando la petición de la Fiscalía de mantener la decisión de la delegada del Gobierno en Madrid, ha supuesto un revés para el PP. Pero no es así. El revés no es ese, es otro. Obviamente se vio obligado a tragarse el sapo y dar marcha atrás, pero ya lo tenía previsto. Sabía que, en derecho en ley y desde todos los puntos de vista democráticos, la prohibición de la bandera estelada era impresentable, indefendible e inadmisible. La prohibición, por tanto, no esperaba tener éxito, sino desviar la atención de los 1,2 millones de euros de fianza pedidos al PP por el juez que investiga sus cajas B, con una noticia sensacionalista que lo tapara. Este era el móvil principal. Sin embargo había otros. Por ejemplo, el intento de sacar rédito electoral entre la parroquia nacionalista española y liberar la rabia que les provoca la sola visión de una bandera que desautoriza su poder sobre Cataluña. Y todo esto mientras se permitía la entrada al estadio de banderas fascistas, y la delegación del Gobierno autorizaba el día antes en Madrid una manifestación racista con botes humo y consignas y simbología nazi.

La parte positiva de todo ello es que ha sido un fracaso espectacular en todos los sentidos: la prohibición fue tumbada, las alternativas catalanas para contrarrestarla fueron altamente imaginativas y efectivas, los medios internacionales se hicieron eco de ello, aumentaron ridículamente los decibelios del himno para disimular el silbido y España, además de ponerse en evidencia como un Estado que criminaliza la libertad de expresión, deterioró aún más su triste imagen en el ámbito de los valores democráticos. Queda claro, pues, que la operación antiestelada fue un auténtico desastre. Ni siquiera tuvieron el consuelo de que el Barça perdiera la Copa. Nada les salió bien. Como dijo el president Puigdemont, “el Barça ha ganado la final de las esteladas”. En este sentido, la idea de sustituir la bandera estelada por la bandera escocesa fue brillantísima. Ignoro a quién se le ocurrió, pero le felicito desde aquí. ¡Esto disparó las alarmas del Estado! La barbaridad que habían perpetrado se les había ido de las manos, y si osaban prohibir también la bandera escocesa podían tener un conflicto internacional. ¡Qué espectáculo más telegénico, ver miles de banderas escocesas en una final de Copa del Rey de España! Habrá que mantener esta opción en la reserva por si llegan nuevas tentativas.

La incultura democrática del Estado se hizo patente igualmente en la ocultación televisiva de los seguidores catalanes mientras sonaba el himno español para que no se viera la sonora pitada que estos le dedicaban. Hay que ser zoquete por creer que la realidad cambia si la escondes. Y es que, a ojos del mundo y del sentido común, era demencial que el Estado español criminalizara una bandera perfectamente legal y visible en millones de balcones, ventanas y plazas de toda Cataluña bajo el pretexto de que es una “provocación” y que “incita a la violencia”. Si la cosa no fuera tan grave, sería para partirse de risa. Es un pretexto tan primario, tan reaccionario, que recuerda el de los trogloditas que dicen que una mujer con falda corta “provoca” e “incita a la violación”. El individuo que viola una mujer, no lo hace porque ella lleve falda corta, lo hace porque es un violador. Exactamente igual que el individuo que actúa violentamente cuando ve una bandera: no lo hace porque la estelada provoque violencia, lo hace porque es un violento. El primero prohibiría las faldas cortas para que no le salga la bestia que lleva dentro; el segundo prohíbe las esteladas, para que no le salga el fascismo que lo define.

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