Un Estado un Territorio

La delimitación territorial de nuestro Estado, es hoy por hoy, una cuestión de imaginario visto que no disponemos de fuerza para hacer valer nuestra autoridad ni tan siquiera en un metro cuadrado de éste. No existen en las constituciones de los Estados un apartado específico que delimite con precisión su marco territorial, donde diga que empieza en tal ciudad y acabe en tal otra ciudad.

Existen tratados  y convenios de cuando fuimos Estado, que delimitan las fronteras de dicho ente. Toda otra interpretación cae envuelta en una percepción minorizada y acomplejada en cuanto a la realidad estatal propia. El no tener claro esta máxima nos convertiría en un pueblo alienado, que se olvida de sus intereses, aliándose con los objetivos del imperialismo hispano-francés en su empeño en hacernos perder nuestra condición de sujetos políticos. La soberanía del pueblo nabarro se asentaba y debe de volver a asentarse en un territorio, del el cual hoy en día, estamos cuestionando, ninguneando y troceando.

Actuación más propia de objetos colonizados que de sujetos políticos.

Los limites territoriales de Nabarra se pueden visualizar con sólo observar la red de castillos nabarros que defendían las fronteras de nuestro Estado. Tanto en Naiara como en Lescar están enterrados jefes de Estado nabarros, ninguna jefa o jefe de Estado, nabarra o nabarro, era enterrada-o fuera de sus fronteras.

Pues bien, la asunción de lo aquí expuesto nos obliga a reconocer y hacer público que nuestro Estado se visualiza en base a una delimitación territorial definida y determinada. Los territorios que conforman nuestro Estado están compuestos por los que estuvieron bajo legislación y autoridad nabarra.

Todo lo que no incluya hasta el último palmo de nuestro territorio podrá ser bautizado de la manera que cada cual considere más adecuado, pero desde luego, no estaremos hablando del Estado Europeo de Nabarra.

¿Como un donostiarra, por poner un ejemplo, podría dejar fuera del marco territorial a un bearnés o a un riojano? ¿En nombre de quien y de qué? ¿Que legitimidad se auto-confiere para destruir de un plumazo lo que nuestros antepasados erigieron y defendieron durante siglos? ¿Seremos nosotros los que demos este paso, que repetimos, ninguna autoridad o institución nabarra soberana jamás ha aceptado? ¿Desmembraremos nosotros nuestro Estado?

Aceptar de manera aséptica que nuestro marco territorial es el “zazpiak bat”, aparte de ser una aberración política de efectos devastadores en el presente y en el futuro, es una creación sin base, un invento, una fabulación, una tergiversación histórica, un mito y un fraude. Oculta la realidad de la agresión militar y posterior desmembración, ocupación, dominación y sometimiento. Sería operar desde un marco territorial reducido y al acomodo de los ocupantes.

De la aceptación del sometimiento pocos aires de libertad y esperanzas de recuperar nuestra estatalidad se pueden esperar. Partiríamos de una situación de sumisión y volveríamos a caer en la auto-censura, la auto-vergüenza, el auto-odio, la auto-violencia y la auto-desaparición. Minorizados y acomplejados.

El llegar a la conclusión de que la fuerza tendente a la reconstitución de nuestro Estado se encuentra exclusivamente en el “zazpiak bat” es de una ingenuidad que ni tan siquiera se puede valorar como política. Además de ser un análisis incorrecto y sin base real, obtura la aparición de una estrategia correcta.

Raya con el desprecio y se convierte en insulto afirmar que “nosotros”, el zazpiak bat, nos tenemos que reactivar como Estado nabarro y “ellos”, si lo desean, que se incorporen. Si este planteamiento es elevado a categoría  política, sólo es cuestión de tiempo para que los valedores del sacrosanto “zazpiak bat” no se reconozcan ni en ese territorio y acaben reclamando la islíta de San Nikolas de Lekeito, y poco más.

Pues bien, si el marco territorial existe, no es a nosotros de volver a inventarlo y menos reducirlo en aras a una supuesta optimización política indemostrable y carente de legitimidad y de ética desde un punto de vista estatal. Nos compete, desde ahora, ir desarrollando de manera paulatina la estrategia en la que estamos inmersos en cada uno de los territorios, siendo conscientes de que los ritmos y la relación de fuerzas no serán lineales ni de la misma índole en cada zona. El objetivo no es otro que la plena recuperación territorial en base a una acción política progresiva y solamente limitada por la relación de fuerzas en presencia. No nos corresponde a nosotros ponernos barreras y auto-limitaciones.

El Estado del que fuimos despojados, embestida tras embestida, es además de un potencial económico superior al conceptuado en el “zazpiak bat” y motivo insoslayable y elemental para obrar políticamente en tal dirección.

Reseñar la enorme responsabilidad que contraemos con las generaciones venideras en no enfocar en su precisa manera la acción política. Una errónea percepción, por falta de auto-estima política y acomplejamiento ante el estatus-quo actual, hipotecaría, una vez más, el impresionante caudal de fuerzas que este pueblo es capaz de desarrollar y no logra sin embargo canalizar.

Los derechos de un pueblo no existen en sí mismos sino que se ejercen por imposición a los demás y se defienden y son garantizados por el Estado propio de ese pueblo.

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