El pueblo vasco bajo el imperialismo.

IPARLA 10 (Julio 2011). El pueblo vasco bajo el imperialismo. (Extractos)

Lo que en 1977 denunciaban como traición después pasó a ser primera exigencia: “Hemos declarado la guerra caliente a la abstención. Será carne o será pescado pero no será abstinencia.” Así confortado, el poder político, que antes perdía el culo para conseguir que votaran, los hecha ahora a patadas de sus dependencias, poniendo en peligro privilegios y subvenciones. Los adalides de la lucha armada y la guerra revolucionaria se arrastran suplicando y mendigando que les dejen votar a toda costa, denunciando sus propios principios, ocultando la realidad del régimen de ocupación, falseando y negando además los derechos de independencia, autodeterminación y legítima defensa. Finalmente, la participación condiciona, prima, subordina, sacrifica y desplaza toda veleidad de resistencia legal o ilegal, deviene el norte y el eje de la pretendida estrategia de oposición.

Esconder el boycott político de las instituciones por la mayoría del Pueblo vasco, reducido a los estrechos límites de la espontaneidad de masas, es una necesidad absoluta para el régimen de ocupación. Necesita por eso los votos armados y desarmados, aunque algunos se contabilicen como inválidos o minusválidos. Entre el gobierno español y los institucionalistas armados y desarmados el acuerdo es completo para ocultar y desvirtuar incluso las más políticamente significativas cifras de abstención, que ellos declaran irrelevantes en lo que llaman elecciones libres, democráticas y sin violencia.

Los pueblos oprimidos pueden soportar muchas cosas, pero una burocracia incompetente, engreída, oportunista, derrotista, corrompida, manipulada, infiltrada, colaboracionista o cómplice, encuadrada en los servicios auxiliares del imperialismo como parte integrante ideológica y política de la estructura de dominación y ocupación, es un handicap que no pueden permitirse. Desembarazarse de su esterilizante tiranía es la primera condición de recuperación democrática. Su erradicación ideológica y política es una tarea de salud pública, sin la cual el restablecimiento de las fuerzas democráticas es imposible. Pero toda sociedad tiene, en buena medida la clase política que se merece, y no siempre los medios de enfrentarse a ella.

La pretendida vía institucional y la llamada lucha armada son exponente del retraso cultural y la impotencia política de un pueblo bajo la ocupación, de la ausencia de estrategia, instituciones y clase política propias. Son también la prueba del subdesarrollo, primitivismo y debilidad de la nación subyugada y de la obra funesta de los institucionalistas armados y desarmados, que no tienen ni la menor idea sobre cómo salir de la situación que tanto han contribuido a establecer y consolidar, ni la menor intención de buscarla.

Cretinismo institucional e infantilismo armado no integran los términos de una alternativa política, son, por carencia constitutiva, la misma cosa, y llevan a los mismos resultados. La complementariedad funcional de moderados y radicales hace de ellos “rivales” ideales, cada grupo presentándose como remedio a la inepcia del otro. Ambos se producen y reproducen mutuamente, se nutren de la noria genética de movimiento continuo que produce partidarios de “la lucha armada y la guerra revolucionaria” con los desengañados y desesperados desechos de la vía institucional, y reproduce partidarios de la vía institucional con los desechos desengañados y desesperados de “la lucha armada y la guerra revolucionaria”. La frustración institucional lleva a los atentados. El fracaso de los atentados devuelve a la vía institucional. Recurrencia asimétrica y mal equilibrada, de evolución inevitable y fatal desenlace. El desequilibrio estructural de este nuevo dualismo oficial de legalidad-ilegalidad es tal que sólo puede subsistir mientras el régimen necesite de él para prevenir y recuperar la agitación incontrolada de las colonias periféricas.

Institucionalistas armados y desarmados han estado siempre cerrados a toda aportación propia del país que dicen representar, pero abiertos a toda infiltración o penetración ideológica-política de sus “aliados” de la nación dominante, cuyos servicios oficiales y oficiosos penetraron en sus organizaciones como el cuchillo en la mantequilla. Se unieron siempre para cerrar el paso, por todos los medios, a toda tentativa ideológica y política de oposición estratégica al institucionalismo fascista español.

“Revelar” la realidad, la actualidad y las dimensiones de violencia y terrorismo del régimen establecido sería poner de manifiesto la inanidad de “la vía institucional y la lucha armada” para oponerse a la aplastante superioridad material de los monopolios de violencia y terrorismo de Estado y al orden político establecido y conservado por la guerra, la ocupación y la colonización.  Ocultan por eso la existencia misma de las fuerzas armadas del fascismo y el imperialismo, que se vuelven invisibles o excepcionales también para ellos.

Los institucionalistas armados o desarmados llevan setenta años repitiendo lo mismo y, si queda y encuentran quien se lo trague todavía y el poder lo necesita, así continuarán todo el tiempo que puedan. Por ellos, sus prosélitos seguirán “esperando a las próximas elecciones” durante los quinientos por venir. Para mayor seguridad, la propaganda monopolista, transmitida por colaboracionistas y cómplices armados y desarmados, hace creer a las victimas del imperialismo que una alternativa estratégica es, no sólo sociológica sino lógicamente, una imposibilidad absoluta, un absurdo formal, algo así como el cuarto ángulo de un triángulo. “Es eso o echarse al monte con un fusil”. La única estrategia posible contra el imperialismo queda así expresamente excluida por moderados y radicales, que declaran inexistente, insoluble y absurdo todo lo que no entienden, ni quieren entender, ni tienen interés en entender.

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