La realidad del imperialismo (2)

El nacionalismo imperialista es la negación de la libertad nacional, la mayor amenaza para la paz y la fuente principal de los conflictos y las guerras que aquejan a la humanidad. Es la especie extrema, más agresiva y opresiva de violencia, de guerra y dominación, de totalitarismo, de terrorismo, de pillaje y explotación, de nacionalismo, de racismo, de opresión política, clasista, sexista, religiosa, lingüística y cultural.
La cuestión nacional puede ser ignorada, negada, falseada, apartada o soslayada durante algún tiempo, pero, al margen de ella, comprensión y explicación de las relaciones internacionales son imposibles. Para asombro e indignación del nacionalismo-imperialismo institucional, subsiste y reaparece siempre, a menos que el genocidio, el exterminio, la destrucción del pueblo que los padecen sean totales.
Todos los movimientos “internacionales, internacionalistas, universalistas” en palabras, se revelan como esencialmente nacionalistas. Liberalismo, democratismo, pacifismo, socialismo, comunismo, catolicismo, clericalismo etc., son todos nacionalistas, sirven ante todo los intereses de los pueblos y los Estados, en “lucha permanente de todos contra todos”.
La “comunidad universal o internacional” no existe. La política es el dominio de la violencia, la determinación de la condición y el comportamiento sociales por medio de la violencia actual y virtual. El derecho es el orden político, la determinación social por medio del monopolio de la violencia. La anarquía y la guerra son las alternativas al orden político. El orden y el desorden políticos, la guerra, el derecho y los derechos, se establecen, mantienen, desarrollan y modifican por la violencia y la oposición estratégica, según la relación general de fuerzas.
La ideología es la determinación social por medio de las ideas. La ideología dominante es la ideología de los poderes dominantes que la producen, al servicio de sus respectivos intereses.
A los monopolios de violencia corresponden los monopolios de guerra psicológica, propaganda, lavado de cerebro e intoxicación de masas.
El imperialismo produce la resistencia. Los pueblos no se someten nunca si tienen fuerzas para impedirlo, no aceptan nunca los “derechos” de agresión, conquista y colonización. Sólo caben dos salidas posibles para el conflicto entre “el nacionalismo ofensivo de la nación que oprime y el nacionalismo defensivo de la nación oprimida”: por un lado, la independencia del pueblo ocupado y colonizado, por otro, su completa liquidación.
El imperialismo y la libertad de los pueblos son antagónicos. La independencia nacional es lo contrario de la dominación alienígena. El derecho de independencia, autogobierno, autodeterminación, libertad o libre disposición de los pueblos, es el derecho de todos los pueblos frente al imperialismo, contra toda intromisión política contraria a la libertad nacional. Es un derecho fundamental, de costumbre, inherente, originario, irrenunciable, imprescriptible, primero de los derechos humanos y previa condición de todos los demás, “piedra angular de la democracia”, de vigencia incondicional e inmediata. Ha sido formalmente reconocido, no constituido, por la Carta y las Resoluciones de las Naciones
Unidas y por sucesivas Declaraciones y Convenciones de derechos humanos. Su infracción es
un crimen internacional.
Todos los pueblos (serios) y todos los Estados del mundo se reservan el derecho de legítima defensa internacional, “por todos los medios a su alcance, lo que comprende la lucha armada”, derecho igualmente reconocido por las Naciones Unidas como inherente y de costumbre.
Pero los Estados-miembros y las propias Organizaciones internacionales incumplen, falsifican y niegan si pueden y les conviene los derechos que formalmente han reconocido.
Las grandes potencias y sus agentes no son y no pueden ser legalmente obligados ni encausados, gozan de un estatuto internacional que les asegura impunidad por sus actos. El terrorismo a escala planetaria es la clave del dominio internacional de los grandes Estados, que detentan y se reservan con uñas y dientes – atómicos – el monopolio del arma nuclear.
Contra lo que la inmunda propaganda de los monopolios coloniales hace o trata de hacer creer, el régimen político impuesto por el imperialismo al Pueblo vasco no se funda sobre la libre adhesión, manifestada y desarrollada por elecciones, transiciones, procesos constituyentes y otros procedimientos “democráticos”. Es el resultado de muchos siglos de violencia y terrorismo de Estado, agresión, guerras, conquista, ocupación, terrorismo y asesinatos de masa, pillaje, subyugación, desmembración, separación, anexión, ignominiosa negación y destrucción de la integridad y la independencia del Reino de Nabarra y de las
instituciones forales y de costumbre, dictaduras, colonización, exclusión y deportación, crímenes de guerra, contra la paz y contra la humanidad, conculcación teórica y práctica de los derechos de independencia y legítima defensa de todos los pueblos, negación teórica y práctica de su libertad, su dignidad y su identidad propias. El objetivo estratégico no es la dominación y la explotación sobre el Pueblo ocupado y colonizado, sino su liquidación.
Franceses y españoles son naciones imperiales venidas a menos. Sólo pueden ya ejercer como tales contra naciones y Estados indefensos o débiles y desarmados. Pero no han perdido por ello arrogancia, agresividad y rapacidad respecto de los residuos de su imperio. Han demostrado de todas las maneras que son radicalmente incapaces de admitir y reconocer la realidad, la existencia y los derechos de los pueblos que han ocupado, anexionado y colonizado, mientras no hayan agotado hasta el último extremo los recursos de violencia y terrorismo de que disponen, e incluso mucho después. No aceptarán nunca en sus dominios un pueblo, una nación, un actor de política y de derecho otro que ellos mismos. Esperar otra
cosa sería tanto como ignorar la base particularmente primitiva, irracional, instintiva, afectiva y pasional del nacionalismo español y francés, encuadrado por una inamovible “clase” política, financiera, clerical y burocrático-castrense que resiste siempre y saca partido a “revoluciones y transiciones”.
El insaciable apetito de dominación sobre pueblos y tierras del nacionalismo español y francés obedece a instintos y pulsiones predadoras consolidados y potenciados por muchos siglos de despotismo interno y externo y desborda consideraciones utilitarias o racionales. La historia resultante, de que tan orgullosos se sienten, es la historia de las mayores empresas y organizaciones criminales de fanáticos, malhechores, ladrones y asesinos de toda la historia de la humanidad.
Mientras el imperialismo y el colonialismo aparecen como beneficiarios y triunfadores, encuentran el apoyo de toda la nación dominante. Españoles y franceses pueden en ocasiones enfrentarse entre ellos por motivos diversos. Pero son todos nacionalistas, y esta decisiva condición determina su comportamiento. Las raras excepciones son individuales. “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. El despotismo en España y en Francia es históricamente inseparable del nacionalismo imperialista. En sus mal ganados dominios continentales y ultramarinos, con el apoyo de “liberales, socialistas, comunistas y anarquistas” nacionales, se templaron los sables de los ejércitos que ahora gobiernan las metrópolis. En Indochina, Argelia, Marruecos, Cuba, Nabarra, Catalunya, se forjaron sus propias cadenas de despotismo interno. Su incapacidad para aceptar la libertad y el derecho de todos los pueblos, sus incesantes guerras de conquista, depredación y exterminio los han condenado a ellos mismos, aparentemente con gusto, a también incesantes formas despóticas, asiáticas, absolutistas, fascistas y burocrático-militares de autogobierno.
La competición imperialista entre España y Francia por la anexión de Nabarra, se convirtió en solidaridad frente a la resistencia. Españoles y franceses se detestan y se desprecian cordialmente entre ellos, pero el problema vasco les obliga a hipócritas declaraciones y retrosculares homenajes de mutua admiración y amistad eterna. No tienen motivo mayor de preocupación política mientras conserven lo esencial: el monopolio de la violencia y el terror, que les permite resolver cualquier situación a cañonazos, lo que nunca se han privado de hacer. Cuentan ahora sin reservas con la mutua complicidad y con el apoyo de toda la reacción mundial. El Pueblo vasco condiciona indirectamente la política de las Organizaciones internacionales en cualquier lugar de Europa donde se da un conflicto entre los pueblos y los Estados imperiales.
“En estos momentos en que el mundo tiende a unirse”, las grandes potencias europeas pierden los territorios que ocuparon y anexionaron por la violencia y el terror, volviendo así a sus fronteras históricas, mientras los pueblos que sometieron recuperan la libertad, el territorio y la identidad que les arrebataron. Francia y España son la excepción occidental y continental.

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