Nada más y nada menos

Hasta el día de hoy, siglos de lucha certifican la existencia del Pueblo Vasco y avalan su voluntad de proseguir ocupando en la historia el lugar que le corresponde por derecho.
Primero, romanos, francos, visigodos y árabes; luego, franceses y españoles; todos han tenido ocasión de comprobar que somos un pueblo difícil de conquistar y asimilar por la fuerza. Sin embargo, el domuit vascones con que finalizaban las crónicas de los sucesivos reyes godos sigue alimentando todavía el pertinaz sueño imperial de los enemigos de nuestra libertad. Y todo porque no queremos ser españoles ni franceses; porque queremos seguir siendo vascos, navarros, dueños de nuestro destino. Esa es la corriente de vida que, brotando espontánea del fondo del corazón, empapa y se expande, a menudo artificiosamente desviada de sus cauces lógicos, por la conciencia de los hombres y mujeres de Euskal Herria. Solo desde el más abyecto y necrófilo nacionalismo antidemocrático puede tildarse de particularista este sentimiento. Al contrario, siempre nos ha inducido a contemplar la humanidad como una gran arpa en manos de un gran maestro, como dijera poéticamente Heine.
Cada pueblo es también para nosotros una cuerda del arpa y de la sonoridad armónica de todas las cuerdas, brota la melodía eterna y maravillosa de la vida. Porque amamos la vida, su belleza y complejidad -nosotros nunca hemos proferido vivas a la muerte ni intentado desposarnos con ella- estamos también a favor del derecho que tienen todos los pueblos a decidir por sí mismos, derecho prístino e imprescriptible, condición y garantía de todos los demás. La secular resistencia que venimos mostrando los vascos, desde mucho antes de Orreaga, por permanecer en el ser, constituye, por pequeña que sea, nuestra peculiar contribución a la causa de la libertad, de la democracia, del derecho y de la paz entre los pueblos y estados del mundo. Porque éstos han sido y siguen siendo, en general, los principios que sustentan, guían y legitiman nuestra Constitución y práctica políticas.
Mas cuando se trata de la consecución de objetivos políticos, la historia es muestrario permanente e incontrovertible del peligro de esperar su consecución de la moral, del diálogo (aunque dure hasta el amanecer) o de la razón “coyunturalmente ofuscada” del que pisotea esos principios y se ríe una y mil veces de los mismos.
Por desgracia, en el ámbito en el que se producen y resuelven hoy por hoy las relaciones entre pueblos o naciones, tampoco existe aún “el tercero” democráticamente constituido que medie enel conflicto, lo  dirima con arreglo a principios internacionalmente aceptados y restablezca, con eficacia y prontitud, el derecho conculcado.
Bienvenidos sean los esfuerzos y avances, que no son, desde luego, como para echar a volar las
campanas, llevados a cabo en esa dirección a lo largo de las últimas décadas
CANDOROSO MENOSPRECIO DEL SENTIDO COMUN O FLAGRANTE TRAICION
Entretanto, si no queremos ser definitivamente liquidados, si no queremos que la libertad ceda más terreno al despotismo, que la muerte y la uniformidad imperen sobre la diversidad y la vida, no nos queda otro remedio que seguir ejerciendo el derecho de legítima defensa contra los etnocidas y genocidas de siempre. En las condiciones en que nos ha tocado vivir, la voluntad para afrontar los criminales embates del imperialismo es nuestra única garantía de supervivencia.
Lo demás son juegos florales o, si preferís, música celestial. Un candoroso menosprecio del sentido común o una flagrante traición: expresada la conclusión en términos políticos no hay diferencia entre ser atrapado por uno u otro cuerno del razonamiento.
Pero una larga experiencia nos enseña igualmente que en política, el valor y la generosidad, aunque necesarios, no son suficientes para alcanzar los objetivos deseados. Nuestros antepasados prodigaron esas virtudes con resultados que no guardan proporción con el tesón que derrocharon en practicarlas. Si es verdad, como se dijo, que sólo el conocimiento nos hará libres, es más verdad, si cabe, para un pueblo pequeño y escaso de recursos como el nuestro. No podemos malgastarlos en infantiles juegos de artificio o, lo que es peor todavía, en fatuos alardes de violencia que se vuelven contra nosotros mismos como auténticos boomerang.
Es hora de rasgar la nube de irracionalidad que nos envuelve desde hace demasiado tiempo y de tomar las cosas como son; es hora de establecer, en la conciencia y en la realidad, la perfecta ecuación entre los medios de que disponemos y los fines que perseguimos; es hora, en unapalabra, de poner en práctica la  estrategia política acorde con la relación de fuerzas, las nuestras y las de los demás. Sólo así, al convertir la energía que inútilmente venimos derrochando a manos llenas en fuerza política genuina y eficaz, situaremos el problema en su ámbito específico de resolución. Las condiciones materiales y teóricas para ello existen (la afirmación no es auto referente); su falta de reconocimiento e implantación social vienen en gran medida determinado por el carácter sectario y antidemocrático de organizaciones con siglas navarras y vascas que, en algunos casos al margen quizá de sus intenciones colaboran estrechamente con el fascismo en su permanente empeño velatorio y destructor de la razón. Por eso entre nosotros las expresiones oficiales y divulgadas de “pensamiento” político elaborado son, en general, burdo antifaz imperialista; mientras el discurso genuinamente navarrro, liberador y crítico, es celosa y arteramente manipulado, perseguido y soterrado hasta límites de embaimiento, amnesia o aculturación extremos.
TRASLADAR EL SENTIMIENTO POPULAR AL PLANO DEL CONCEPTO
Uno de los objetivos de Orreaga consiste precisamente en rescatarlo de tan infame y nocivo anonimato, reavivarlo en la medida de nuestras fuerzas y, sobre todo, darlo a conocer para que en forma de componente esencial de la estrategia pertinente, actúe como instrumento de liberación.
Porque es necesario y urgente trasladar el sentimiento popular al plano del concepto, único en el que es realmente posible la descodificación y desenmascaramiento positivos de la propaganda fascista. La percepción inmediata o espontánea de la realidad no es suficiente para dicho cometido en un contexto social o cultural coactivamente complicado, configurado ydistorsionado. Si no se supera esa dimensión del  conocimiento seguiremos infrautilizando o malgastando nuestros recursos en múltiples batallas inconexas, desplazadas e inoportunas, sin capacidad para superar con éxito los continuos y renovados intentos de recuperación ideológica del imperialismo.
Por no haber sido capaces de transformar la percepción inmediata en refleja, el deseo del objetivo en conjunto de instituciones cognitivas, la mística en política, hemos sido arrastrados en muchísimas ocasiones hasta la cúspide misma de la tragedia en forma de luchas fratricidas y creyendo haber perseguido la libertad y, a veces, hasta logrado la victoria, hemos acabado en realidad con más cadenas.
. Sobre las denominadas intelectualidad y clase política del país recae en buena medida la responsabilidad moral y política de tan deplorable situación. Su inconmensurable vanidad, su recién despierta o descubierta vocación funcionarial, un profundo complejo de inferioridad frente a sus homólogos franceses y españoles, fruto de su condición de sujetos colonizados, les lleva a la arbitraria minusvaloración de la fuerza y determinación política populares como justificante de inconfesados deseos de participación positiva en la legalidad que les confiere títulos, honores mediáticos y prebendas.
EL REINO DE NAVARRA:
CIMA DEL PROCESO DE INSTITUCIONALIZACION DEL PODER POLITICO
También es verdad, sin embargo, que el Pueblo Vasco habría ya dejado de existir si en el transcurso de su historia no hubiera sido capaz de alcanzar cotas estratégicas oportunas, si no hubiera sido capaz de crear instituciones normativas, económicas y políticas que, adaptadas en cada momento a las circunstancias imperantes, le han permitido hasta hoy ejercer el poder social imprescindible para seguir teniendo un sitio entre los pueblos del mundo.
Entre esas instituciones hay que destacar, por su importancia, la creación de una organización diferenciada, soberana y centralizada -el Reino de Navarra-, cima del proceso de institucionalización o racionalización del poder político desarrollado en nuestro país, en paralelo a lo que acaecía en otros lugares de Occidente, como garantía óptima -por no decir exclusiva- de los sagrados derechos y libertades de nuestro pueblo. Porque en el mundo civilizado, carecer de estado y de gobierno propios es la peor desgracia que puede ocurrirle a un colectivo con

Pueden servir de ejemplo las desastrosas guerras en las que nos hemos visto envueltos en los últimos siglos o el fracaso final de revueltas populares tan importantes como la de 1634 en el territorio navarro ocupado de Bizkaia, la de 1893, principalmente en el territorio ocupado que, por reducción, se denomina ahora Alta Navarra o la que tuvo lugar en la década de los 70 en casi todo el territorio nacional.

 El imperialismo, sabedor de que un pueblo que carece de estado está ya en la antesala de su definitiva integración y asimilación por otro, ha pretendido por todos los medios a su alcance demoler nuestro estado. Y aunque no lo ha conseguido del todo, ha obtenido sin duda éxitos que a su vez constituyen el correlato o el anverso exacto de nuestros fracasos. Estos quizá podrían resumirse en la cuasi-permanente incapacidad que venimos mostrando desde 1521 (fecha en la que nuestro ejército fue derrotado en Noain y Amaiur, después de que más de cinco mil navarros dejaran su vida en el campo de batalla) para dotar al natural espíritu resistente de nuestro pueblo de la racionalidad política que lo convertiría, ipso facto, en sinónimo de eficacia. Porque de la misma manera que el imperialismo, fiel al lema de divide y vencerás, ha tenido siempre el deliberado propósito de provocar la fractura social mediante acoso y derribo del estado navarro -la institución en toma a la cual se produjo y aún se mantiene objetivamente la unidad política de los diversos territorios vascos también los ciudadanos navarros, siguiendo la estela de los infanzones de Obanos, de los héroes de Noain y de cuantos nos han precedido en esa ruta, debemos empeñarnos con la misma deliberación en su defensa a ultranza pro libertate patria.
Ahí se juega nuestro futuro. Hoy más que nunca el remozamiento y desarrollo material y formal, hasta su completud e integridad, del Estado Navarro, con funciones, competencias y régimen que las circunstancias de todo género permiten y aconsejan en la actualidad, debe constituir el centro neurálgico de la estrategia requerida. Esta, además de la definición sin ambajes del objetivo, debe incluir como componentes esenciales de la misma el reconocimiento y la puesta en vigor de instituciones adecuadas para su consecución, formas de organización y encuadramiento social y político democráticos y desarrollo teórico e ideológico en consonancia con las necesidades y los tiempos.
Estamos en una encrucijada que puede resultar decisiva. El abandono del campo político cualificado conlleva la pérdida incesante del poder social imprescindible para perdurar. Por ese camino, más pronto que tarde, acabaremos dilapidando el magnífico patrimonio que nos legaron nuestros antepasados tras haberlo labrado con lágrimas y sudor y defendido con sangre en mil batallas.
En cambio, si recuperamos la capacidad estratégica que las condiciones internas y externas hacen hoy tan posible como necesaria, cabe mantener la esperanza de que nuestra nación recupere la frescura y vitalidad que provocaron la admiración de uno de los mayores genios de todos los tiempos. Navarra -dijo Shakespeare- está llamada a ser la admiración del mundo. Y de todos modos, asombro o no del mundo, cumpliremos el saludable consejo de Rabelais (que disfrutó también, mientras en Francia y en España corrían tiempos difíciles para los que pensaban como él, del refugio que le ofreció Margarita de Navarra en su forzada residencia transpirenaica) cuando estableció como regla única para la abadía de Theleme, centro del saber moderno, la siguiente cláusula: Haced lo que queráis. Pues bien, los herederos legítimos de los territorios, entre el Ebro y el Aturri, conquistados y arrebatados contra su voluntad el Estado
legítimo de Navarra, manifestamos hoy lo mismo que, en lenguaje más o menos preciso, venimos manifestando de manera políticamente determinada y sin interrupción desde hace doce siglos: queremos seguir siendo vascos, queremos seguir siendo ciudadanos navarros. Nada más, pero nada menos.

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