Memoria selectiva

Luis María Martínez Garate
Nabarralde 2016/01/12
Todo cambio histórico se alimenta de la visión de los vencidos

Reinhart Koselleck

Siempre se ha dicho, con razón, que la historia la escriben los vencedores. Son ellos los que exhiben sus razones, en general de modo impúdico y basado exclusivamente en su victoria final. La memoria es, por el contrario, el arma de los derrotados. Es la herramienta principal que poseen para oponer sus razones a las de quienes les vencieron. La memoria es fermento para la reivindicación y la emancipación.

Walter Benjamin decía que los grupos humanos, sociedades, pueblos, naciones, clases sociales etc., que olvidan sus derrotas, normalmente por imposición de los triunfadores, son doblemente vencidos. La primera vez en el hecho físico de la pérdida en sí misma y la segunda, a través del olvido, de la pérdida de la memoria de su derrota y de los elementos que la soportan, sean narraciones, historias o leyendas o bien sean lugares de recuerdo. El olvido supone, tal vez, el fracaso definitivo de la sociedad que sufrió la primera capitulación desde el punto de vista militar y político. La memoria histórica pretende evitar la segunda derrota y procurar su reparación. Para ello debe existir una sociedad que se sienta heredera y partícipe de los agravios y derrotas sufridos en el proceso de la historia y que tenga voluntad y capacidad de rememorar lo sucedido, reivindicarlo y llevar a cabo su resarcimiento.

Un problema específico de la memoria histórica se manifiesta en los marcos, temporal y espacial, que se adoptan como significativos para evaluar su potencia. Tales marcos dependen de dónde se establezca la centralidad social y política del presente, para determinar los espaciales. Y de la trascendencia de los hechos rememorados, para definir los temporales. En ambos casos es fundamental definir la centralidad desde la que se consideran.

De igual modo que, como se ha dicho antes, la historia la dictan los vencedores, también es cierto que se escribe desde los intereses del presente. La historia oficial es «finalista»; tiende a justificar la realidad social, económica y política del momento. Cuando se pertenece al grupo de los vencidos hay que rehacerla desde la memoria de las derrotas. Es la única forma, como decía Benjamín, de no ser doblemente derrotado.

Por ello mismo los vencedores, los que detentan el poder, imponen los marcos de referencia y pretenden que los vencidos los acepten como «normales» y «naturales». Esto guarda relación muy próxima con el «nacionalismo banal» del que nos habla Michael Billing. Los marcos que se asumen como «naturales» corresponden normalmente a los impuestos por el nacionalismo que «no existe», el banal, el impuesto. Cualquier otro marco «politiza» la cuestión.

Recientemente he leído una curiosa e interesante entrevista en Diario de Noticias (*) a José Ignacio Lacasta Zabalza, precisamente sobre la cuestión de la memoria, a raíz de la publicación de un libro suyo sobre este asunto. Su planteamiento teórico me parece positivo, pero entiendo que su perspectiva se sitúa en la centralidad española.

Para la nación vasca y su Estado histórico, Navarra, el hecho medular desde el punto de vista de su realidad política desde el siglo IX, es la conquista de 1512, que condujo a la pérdida de su independencia por parte de Castilla-España. A partir de esa etapa, la parte sur del territorio quedó subordinada a la corona de Castilla, para desaparecer como reino en 1841.

Cuando Lacasta cita a Navarra se refiere a una provincia, región o comunidad autónoma de España y, sin despreciar la importancia de los hechos que menciona, la sublevación fascista, no recoge memorias de etapas previas, como aquella de la conquista. Sin embargo, muchas de las razones por las que se produjeron los hechos del 36 radican en el olvido de la memoria capital para Navarra: la conquista, la ocupación y el sometimiento indicados. En 1936 culmina la «doble pérdida» de la que hablaba Benjamín.

En ocasiones se argumenta que los hechos referentes al siglo XVI quedan «demasiado lejos» en el tiempo. Sin embargo, Lacasta cita como elementos memoriales de primera magnitud la conquista de América (expolio, genocidio…) y la Inquisición. En curioso, porque la conquista de América es coetánea a la de Navarra. Se podrían añadir, incluso, fuertes paralelismos y semejanzas entre la conquista y dominio de América y la de Navarra. Quizás es que Lacasta presenta estos elementos de memoria desde una perspectiva exclusivamente española. América es independiente, y Navarra no.

Es evidente que la cuestión no se centra en la distancia temporal sino en el marco de referencia utilizado, la centralidad, desde la que se plantea la cuestión memorial. El problema es el sujeto. Como dice Enric Vila, un país es una idea concreta de la humanidad. Para nosotros es Navarra. Para otros, España.

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