El pueblo vasco bajo el imperialismo

(IPARLA 10)  2011ko Uztailan.

El imperialismo ha adquirido y conservado el poder negando, destruyendo y sustituyendo previamente para ello las instituciones propias de los pueblos y Estados ocupados y colonizados mediante la violencia, la guerra, el terrorismo, el monopolio de la violencia, que preceden y constituyen el régimen político impuesto.

Las “instituciones” sirven al poder político que las establece, para eso están hechas. Mientras la relación estratégica de fuerzas sea lo que es, nada podrá cambiarlas. Si se muestran deficientes para la tarea, se cambian por otras más eficientes. La alternativa, si la hay, es exorbitante del orden institucional.

El monopolio de la violencia es, a falta de una oposición de nivel efectivamente estratégico, un logro político de la estructura de dominación del Estado imperialista unitario, construido y garantizado por las fuerzas armadas de ocupación, fundamento del poder político real. El imperialismo y el fascismo no tienen motivo mayor de preocupación política mientras conserven lo esencial: el monopolio de la violencia y el terror, que les permite resolver cualquier situación a cañonazos, lo que nunca se han privado de hacer.

La violencia y el terror de masas imponen la ley de mármol de su dispositivo estratégico y táctico, que fija los limites infranqueables de eventuales reformas y adaptaciones o administrativas que el imperialismo puede acometer u otorgar. Nunca procederá a una “devolución” total ni parcial del poder que la guerra, la represión y el terror consiguieron monopolizar. Sólo los cómplices y colaboradores locales del imperialismo pueden ignorarlo y abrigar ilusiones al respecto.

Ignorarlo es la normalidad de los pueblos débiles, incapaces de conocer y afrontar las encrucijadas históricas decisivas. Sólo ellos, decisivamente condicionados por los monopolios de propaganda e intoxicación de masas, pueden creerse que los efectos de diez siglos de guerras, conquistas, desmembramiento y ocupación con todas sus consecuencias se pueden borrar, contrarrestar o equilibrar de un día para otro por el propio poder dominante, dando paso a un espacio político de libertad, derechos humanos, democracia y no-violencia.

En política no hay más aliados, ni más seguridades, ni más confianzas, ni más palabras dadas, ni más pactos, ni más derechos que los que se fundan en la relación estratégica de fuerzas.

Sólo la modificación estratégica de la relación de fuerzas constituye la realidad del progreso político. Ninguna ventaja parcial, temporal o formal justifica el abandono de los medios y posiciones políticos o ideológicos fundamentales y estratégicos de que un pueblo dispone.

En el mundo en que vivimos, no hay trucos, atajos, rodeos ni soluciones de facilidad que permitan hacer la economía de una línea estratégica acorde con la realidad de las fuerzas en presencia. El que todavía no se ha enterado de eso es un peligro mortal para el grupo social que dice representar o defender.

El oportunismo es la subordinación y el abandono de medios y posiciones políticas e ideológicas fundamentales y estratégicas con el fin o el pretexto “realistas” de obtener beneficios ilusorios, provisionales, superficiales, secundarios o “tácticos”. Pero la realidad que corresponde a tales ilusiones y comodidades no existe, las opciones tácticas, que sólo en el planteamiento estratégico existen, desaparecen con la ruina de éste. Sin función ni órgano ni principios estratégicos no hay política ni táctica, sólo hay charlatanismo ideológico y descomposición política. Incapaces de afrontar la realidad, los títeres indígenas contribuyen a la difusión de tales ilusiones por todos los medios que los monopolios de propaganda ponen a su disposición, sabedores de que los pueblos que no se enteran del mundo en que viven son presa indefensa de sus predadores.

La pretendida oposición ideológica, a cargo de figurantes preseleccionados, complacientes, corrompidos o aterrorizados, resulta en el pensamiento único del Estado único, cuya propaganda repercute y conforta. La crítica y los debates ficticios que interpretan se reducen a decir lo que al poder establecido le conviene que digan para dar pie a sus propias ideas, que son las únicas toleradas y difundidas.

Sólo así pueden engañar al pueblo y alimentar delirantes ilusiones sobre “la solución del conflicto por medios exclusivamente democráticos y pacíficos, dentro del más absoluto respeto a las instituciones, en ausencia de toda violencia, por la persuasión y el diálogo, la negociación y el acuerdo entre todos” etc.

Es así como moderados y radicales, incapaces de plantear siquiera el problema real del imperialismo, resuelven la cuestión dándola por resuelta.

Sandeces reaccionarias pero funcionales de este calibre permiten apreciar los devastadores efectos de la represión de las ideas y del monopolio de la propaganda fascista e imperialista sobre las masas populares política e ideológicamente indefensas.

Mientras moderados y radicales juegan a “democracias, elecciones, guerras, treguas unilaterales, negociaciones y mediaciones” imaginarias, el bulldozer nacionalista, fascista e imperialista, prosigue día a día su obra de demolición, el rodillo económico, político, racial, lingüístico y cultural de la apisonadora colonial avanza a paso de gigante hacia la completa destrucción del Pueblo subyugado.

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