El Patriotismo

Joseba Ariznabarreta.

Orreagako kidea.

PUESTO a la búsqueda de definiciones acerca del significado del término patriotismo, es seguro que hubiera encontrado casi tantas como libros o autores consultados. Pero no pienso andar ese camino. Antes de pensar siquiera en iniciarlo, caigo en la cuenta de que poseo una idea un tanto confusa, inmediata o vitalmente adquirida de lo que el patriotismo significa para mí, y lo que ahora pretendo no es la objetividad y precisión científicas -por otra parte imposibles de obtener en este ámbito del saber-, sino la pública exposición de un prejuicio al respecto. Tiempo habrá de ampliarlo, criticarlo y precisarlo entre todos como es debido para que devenga operativo. Conocemos la ceguera de la espontaneidad para dirigir por buen camino un determinado proceso, pero también la inanidad del concepto que no se apoya en la experiencia. Y sin más preámbulos, entramos en materia.

No me han dado a escoger ni el lugar ni la fecha de nacimiento. Por tanto Euskal Herria no es para mí una casa de alquiler, en peores o mejores condiciones que he decidido elegir como morada y que podría igualmente abandonar cuando por hache o por be no satisface alguna de mis expectativas. Por el contrario, Euskal Herria es como la casa familiar donde los antepasados han conocido las exquisiteces de la vida, han sufrido, ¡cómo no!, sus embates, pero a la que, entre alegrías y penas, han mantenido erguida. Es la casa en la que vinimos al mundo sin que nos preguntaran si era o no de nuestro agrado. Bastante antes de que cobráramos conciencia de nosotros mismos nos encontrábamos ya instalados en ella y habíamos jurado fidelidad a Lares y Penates a cambio de protección.

Cuando hermosa, sólida y soleada, tengo motivos para amarla. Cuando desvencijada, sombría y expuesta al rigor de los elementos, tengo motivos para amarla aun más. Nire aitaren etxea defendituko dut. Si tuviera que amarla solo por las comodidades que ofrece, por la fortaleza o el color de sus paredes, por la belleza de sus columnas o la alcurnia de sus blasones, tendría quizá mil y una razones para darle fuego, arrojarme por alguna de sus ventanas o trasladarme lo antes posible -ya sé que es más difícil- a un caserío de Fruiz o a un chalet de Gorraiz, pongamos por caso. En cambio, si la amo exclusivamente porque es nuestra casa, la casa de mis antepasados, si la amo con ese amor trascendental que solo espacios u objetos sagrados son capaces de inspirar, no solo no permitiré jamás que se derruya, ni la mantendré tal cual, sino a buen seguro que algo se nos ocurrirá para apuntalarla, mejorarla y hacerla cada vez más cómoda y acogedora.
Pues bien, esta clase de lealtad positiva, primordial y arraigada, de espontánea religación afectiva, al país (country) donde uno ha nacido y en el que sobrevive no solo en compañía de los vivos, sino incluso de los muertos y de los que aún están por nacer -a los que también considera suyos-, es a lo que denomino patriotismo. Por eso el renegado es la antítesis del patriota, ha roto el juramento y abierto las puertas de su corazón al odio de sí mismo y de su país.

Patriotismo, pues, es amar a Euskal Herria porque es nuestro país y no tanto porque es machista o feminista, creyente o ateo, católico, protestante o de cualquier otra confesión, fuerte como lo fue en otras épocas, o debilitado y maltrecho por siglos de resistencia y sufrimiento como se muestra ahora, “pacífico” o “violento”, propenso o reacio al matrimonio homosexual, cooperativista, capitalista o socialista, favorable o contrario a determinados “alardes”, a la construcción de determinadas autovías o líneas de ferrocarril, al uso de unas u otras formas de energía, etc.

Aquí y ahora el uso de tanto adjetivo resulta sospechoso porque rezuma un insufrible tufo de desdén. Como si con ellos se pretendiera velar el desprecio que, quienes con tanto énfasis los utilizan, sienten por la tierra y la gente en y con la que viven; como si trataran de compensar con aditivos la vergüenza o el complejo de inferioridad que les produce el hecho escueto de su “malhadada pertenencia”. “Un ciudadano de Roma no era ni Cayo ni Lucio, era ante todo un romano que amaba exclusivamente a su patria por
ser la suya”. Nuestros particulares aplicadores de adjetivos renuncian a ser en aras de ser distintos. No aman aquello que pretenden corregir o, lo que es lo mismo, lo “aman” por alguna razón. Pero, ¿cómo es posible conocer lo que necesita realmente el país si no lo amamos por sí mismo de antemano? Nihil cognitum quin praevolitum. El verdadero sentimiento patriótico habita un espacio anterior y más hondo que la pura razón, aunque ello no significa que no sea razonable. Pertenece a la esfera de lo que Charles Peguy considera la mística, diferenciándola de la política sensu stricto. Por eso, ni siquiera es sinónimo de nacionalismo, ya que carece del carácter doctrinal de este último. Por decirlo de otra manera, se parece al amor de la madre que engalana a su hija solo para resaltar y realzar aún más su presencia, que le parece adorable, y no para negarla u ocultarla a la vista de los demás. El único atributo adecuado per se para calificar al patriota es el de demócrata, porque “la democracia es la esencia de toda constitución…, el enigma descifrado de todas las constituciones”, el patrón ideal que permite, por comparación, la ajustada valoración política de todas ellas. La democracia no sería así otra cosa que el patriotismo elevado a categoría política. Ningún patriota es enemigo de otro patriota. El escritor católico inglés G.K. Chesterton, impulsado por su devoción al cielo e Inglaterra, se solidarizó con bóers e irlandeses que luchaban, arma en mano, para defender a sus respectivas patrias de las afiladas y largas garras del nacionalismo imperialista inglés. Es un espejo en el que bien podrían mirarse patriotas celestiales, españoles y franceses, si aún quedan.

En circunstancias como las que vive ahora mismo Euskal Herria en las fauces del vigente “orden europeo e internacional”, esa actitud desdeñosa y dogmática a la que nos venimos refiriendo obstaculiza la unión y el esfuerzo familiar necesarios para recuperar y consolidar la casa común que, pese a haber sido asaltada, ocupada, saqueada y descabalada contra todo derecho durante más de medio milenio, sigue en pie y sigue siendo nuestra. Nunca hemos renunciado al legítimo e imprescriptible derecho a
recuperarla que nos asiste.

Uno de los principios básicos de cualquier democracia es la primacía de lo común sobre lo privativo, pero lo común, o se define estratégicamente o sirve de muy poco, carece de efectividad para crear, mantener, conseguir o recuperar nada. Quienes no son, pues, capaces de abnegarse y compaginar su particular o partidista subjetividad con la objetividad del proyecto estratégico común, primordial (por ser condición necesaria de consecución y garantía de cualquier otro), de preservación del Estado propio y sus instituciones, no son patriotas, son incompetentes, ilusos o renegados de la peor especie, de los que se disfrazan para mejor colaborar con el imperialismo en su permanente empeño de conquista y liquidación del país.

Es evidente que este escrito no destila optimismo a raudales. Sería estúpido tras confirmar el grado de aceptación popular de las consignas que provienen de una clase política que parasita el patriotismo en exclusivo beneficio propio. Pero no somos derrotistas. Mientras siga habiendo patriotas se mantiene vivo un rescoldo de esperanza del que pronto nacerá una gran llama. Y cuando eso ocurra -y haremos todo menos rezar para que ocurra-, es decir, cuando los patriotas vascos -egiazko xiberutarrak, egiazko eskualdünak- cobren conciencia cabal de sí mismos, en poco tiempo se cumplirá la predicción de Shakespeare y Nabarra maravillará al mundo.

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